La absurda vida y muerte de don Agustaquio Pinto Prieto
1
Nunca olvidaré que, por mi manía de consentir los caprichos de Juliana, acepté formar parte de esta grotesca historia que culminaría con la muerte de nuestro vecino, el maestro de la brocha y las talachas, don Agustaquio Pinto Prieto. Durante un año Juliana se dedicó a fotografiarlo. No hubo cansancio ni distracción capaces de apartarla de aquella concentración.
Podría describir a Juliana con dos palabras: impredecible e impulsiva. ¿O debo decir que se volvió así? El paseo de una vecina o el de un chamaco en bicicleta despertaban en ella un duende que le iluminaba los ojos. Yo me preguntaba qué veía en la gente ordinaria. ¿Por qué no encontraba esa belleza en las aves o en el paisaje que se abría frente a nuestra casa? A siete cuadras, el cerro se levantaba sobre las últimas colonias de Guarapo de Jiménez Caudillo. Al atardecer las aves se posaban en los cables o entraban y salían del Ahuehuete. Esos paisajes le parecían monótonos.
La observaba sin que ella me mirara, aunque sabía que advertía mis coqueteos. Pasaba horas frente a la Olivetti o fingiendo leer para no distraerla. Llevábamos más de un mes viviendo de su sueldo; yo estaba en la ruina. Habíamos llegado a Guarapo de Jiménez Caudillo porque nos prometieron tranquilidad y trabajo. Vivíamos en una casa antigua, bien situada para movernos por el pueblo.
Debo confesar mi asombro por Juliana. Tenía una mirada plena y un temple de acero. Se comportaba como una niña malcriada y adoraba meterse en problemas, pero la necesitaba. Ella sostenía la relación y el hogar mientras yo me hundía.
2
a)
Don Agustaquio Pinto Prieto sufría de la columna. La pinche vida parecía entusiasmada en hacerlo padecer. De por sí era escuálido y debilucho. Parecía que desde el principio sabíamos que él era el pendejo de la historia, aquel con quien uno suele desquitarse. ¿Pero a tal grado?
Se fracturó la mañana de un martes trece. Aseguran que se levantó con el pie izquierdo, perdió el equilibrio y cayó con un estruendo de costal lleno. Permaneció tirado casi media hora. A su lado, doña Serafina Pedregales roncaba; por más que don Agustaquio gritó, fue inútil despertarla. Era una mujer capaz de fingir demencia ante cualquier desgracia ajena.
Cuando al fin logró incorporarse, la miró unos segundos. De esos segundos en que uno justifica una muerte. O al menos un buen nocáut. Pero se contuvo. Doña Serafina seguía tendida, inmóvil como un cadáver.
Adolorido, don Agustaquio se dirigió al baño. Se miró en el espejo, comprobó que estaba solo y preguntó en voz baja:
—¿Será éste mi día?
Como al parecer nos empeñábamos en destruirlo, bastó que corriera la cortina para que el espejo saliera despedido. El cristal estalló a sus espaldas. Don Agustaquio se volvió sobresaltado. Vaciló antes de recoger los restos. Al verlos, rompió a llorar.
b)
—No te hagas, también fue tu culpa —exclamó con sus habituales acentos burlones—. Estamos involucrados, ¿no te causa placer, mon amour?
Sus palabras me parecieron maléficas, lejanas a la Juliana dulce y tierna que conocía. Las pronunció sin dramatismos, como si desde ese instante estuvieran destinadas a escudriñarme, a meterse entre mis dientes y devorarme la boca a mordidas.
Fingí no escucharla. Oculté la Olivetti entre los papeles y dejé que se sentara en mis piernas. Pensé en los cuatro años de complicidad con aquella mujer que jugaba a ser un tierno diablo para ejercer su voluntad sobre mí. Nunca le reclamé sus bromas pesadas; siempre terminaba limpiando mis culpas con una sonrisa que me hacía olvidar sus arrebatos y su empeño por involucrarme en aquella historia.
Decidí recitarle un verso, pero antes de hacerlo bajó de mis piernas y corrió al balcón, al acecho de su conejillo de Indias.
—¡Sé qué escribes! —dijo al fin.
Lo dijo con tal deleite que me invadió un miedo oscuro. Pensé en replantearlo todo desde el principio. ¿Cómo me dejé arrastrar por un capricho que terminó convirtiéndose en desequilibrio? No lo sabía.
Aún no lo sé.
3
a)
No recuerdo con precisión nuestro primer encuentro con don Agustaquio Pinto Prieto. Debió ocurrir durante una de nuestras visitas al tío de Juliana, don Francisco Puerto, uno de los pudientes de Guarapo. Siempre permanecía enhiesto frente a los originales de Juanito Fonseca Duarte, el famoso muralista del pueblo; de no haberme tendido la mano, habría pensado que sólo quería presumirme su estúpida casa del siglo pasado, adquirida, digamos, por suerte.
De aquella visita recuerdo sobre todo a don Agustaquio. Se le veía decaído, incapaz de sostener una conversación. Según Juliana, sufría de extraños conflictos psicológicos. Pintaba la pared con la torpeza de un chamaco de jardín de niños. Nos pareció un hombre huraño y tímido.
Lo vencía el sueño. Distribuía mal la pintura.
¡Qué pendejo!, debí pensar mientras Juliana hablaba con su tío.
b)
Trece, la cifra. Trece los días sin reponer el sueño. Trece los días de reposo que le recetaron a doña Serafina. ¿La causa? El accidente que sufrió al pisar el treceavo escalón de la antigua escalera, mal vista por la madre de don Agustaquio Pinto Prieto, que encontraba motivo para reclamar por cualquier cosa.
—¡Te advertí que ese peldaño era un peligro! —sentenciaba una tarde de Semana Santa.
—Pues sí —asentía don Agustaquio Pinto Prieto, con la cabeza gacha—, pero la escalera tiene trece escalones. No existe razón material ni espiritual para caer si uno camina con cuidado. El trece está después del doce y la cuenta comienza en el primer escalón...
Su lógica jamás convencía a su madre.
—¡No, pues sí, pendejo! —alzaba la voz con su marcado acento jalisciense—. En esta escalera, como en todas, el treceavo escalón es el treceavo escalón. No tiene nada que ver con matemáticas ni con cálculos de primaria. Uno cuenta de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo, según suba o baje, pero el treceavo escalón no debe pisarse jamás.
Y remataba:
—El caso es que eres tan pendejo que todavía intentas justificar un pinche treceavo escalón que debiste quitar cuando te ordené quitarlo.
Daba media vuelta y se marchaba, dejándolo hablar solo.
El día en cuestión, doña Serafina Pedregales rodó por los trece escalones y quedó con las piernas apuntando al techo.
Don Agustaquio la contempló unos segundos. Deseó que la caída le hubiera roto la columna o, al menos, le impidiera abrir la boca por el resto de su vida.
—¡A-a-a-a-a-ay! —gritó ella—. ¡No te quedes ahí como pendejo! ¡Ve por ayuda!
Sus gritos, confundidos con los de su madre, lo devolvieron a la realidad. Pensó en el teléfono, pero recordó que llevaba más de un año descompuesto. Salió a la calle.
En la puerta se encontraba Juliana.
—¡Pts!, ¡pts! Use el mío —le dijo, tendiéndole el teléfono.
Don Agustaquio llamó a la Cruz Roja. La ambulancia no tardó en llegar.
—No te hagas —me dijo Juliana cuando regresó—. Fui yo.
No entendí si hablaba del teléfono... o de algo más.
Pasó el resto de la tarde y parte de la noche junto a doña Serafina, sedada en una camilla. Pensó que calladita se veía más bonita. A las once entró una enfermera para hacer el relevo.
—Las escaleras de trece escalones tienen fama de traer malos augurios.
Don Agustaquio se golpeó la frente.
Nunca supimos si fue por vergüenza... o porque creyó haber cometido otra pendejada.
4
—¿Qué te parece este párrafo?
Juliana tomó el papel y leyó en voz alta.
"Agustaquio Pinto Prieto saltó ante la aparición de una coralillo que se deslizaba entre la leña. Se retiró unos pasos, pero el brazo corpulento de don Flágido lo detuvo.
—No te fíes de esos animales —dijo con la voz ahogada en caña mientras desenvainaba el machete.
Descargó el primer golpe. Luego otro. Y otro más, aun cuando la serpiente ya estaba muerta.
—¡No te fíes de esos animales! ¡Son del diablo! ¡Pinche mocoso! ¿Ya mero viene el pendejo de su papá?"
—¡Ah! No me convence. Don Agustaquio Pinto Prieto siempre vivió en la ciudad. ¿Qué va a saber de coralillos y de la vida en el campo?
Pinche Juliana, pensé. Con toda libertad desdeñaba mis ideas, mientras yo daba vida a sus pinches fotografías del siglo pasado.
5
Rumbo a un sinuoso epílogo
Cuando caí en la cuenta de que habíamos llegado demasiado lejos, comprendí que yo también formaba parte de aquella historia. Como a don Agustaquio Pinto Prieto, el desenlace me tomó por sorpresa.
Decidí observar a Juliana con mayor atención.
Desde hacía meses se movía por la casa como una presencia apenas perceptible. Parecía esconder algo. Fingía normalidad cuando yo estaba cerca, pero bastaba un descuido para verla desaparecer durante horas. Empecé a seguir sus movimientos.
Así descubrí que se había interesado por una logia de la que yo mismo había reunido algunas notas tiempo atrás. Encontró mis apuntes, buscó otros libros y fue mucho más lejos que yo.
Al cabo de unos meses comenzaron a llegar paquetes a casa de su tío. Nunca supe con certeza qué contenían. Juliana hablaba cada vez menos y fotografiaba cada vez más a don Agustaquio Pinto Prieto.
Después ocurrieron los accidentes.
Demasiados accidentes.
6
Me dejé arrastrar. Juliana tenía el control, pero no era la única responsable. Yo también había alimentado aquella curiosidad que terminó envolviéndonos. Pensé en apartarla de don Agustaquio Pinto Prieto; no pude. Su voluntad era más fuerte que la mía. Y, por acción u omisión, decidí continuar un experimento que terminó con su muerte.
A veces intento justificar a Juliana. Para ella la fotografía no consistía en registrar el mundo, sino en apropiárselo. Pasaba horas observando a don Agustaquio mientras yo fingía leer o esperaba, inútilmente, una llamada de trabajo. Había en su mirada una determinación que nunca logré comprender. Llegué a pensar que la vida le concedía demasiadas cosas, como si hubiera firmado un contrato con el diablo y mi alma figurara como aval.
7
La mañana en que nos avisaron que don Agustaquio Pinto Prieto había caído de una escalera creímos que sólo se había lastimado. Cuando comprendimos que había muerto, nos miramos en silencio.
Ninguno dijo una palabra.
Aquella noche recordamos, uno por uno, los episodios que habían marcado los últimos meses de su vida. Por momentos nos parecían absurdos; por momentos, demasiado cercanos a nosotros. No supe hasta dónde llegaba la casualidad y dónde comenzaba nuestra culpa.
Pensé en los personajes que solía escribir, condenados a muertes repentinas. Entonces comprendí que no era la muerte de don Agustaquio lo que me perseguía.
Era la posibilidad de que algún día la mía se pareciera a la suya.
8
Dimos al mundo nuestras últimas noticias de don Agustaquio Pinto Prieto con el lema que, sin saberlo, anunciaba su muerte: pero si se le veía bien.
Cuando llegamos a la nueva propiedad del tío de Juliana, don Agustaquio pintaba una pared del siglo pasado. Se sostenía sobre una escalera vieja y, aunque sus brochazos no demostraban gran talento, nadie podía negarle el empeño.
—¡Esa escalera estaba podrida! ¡Si clarito se lo dije! —se justificó el tío de Juliana, mientras los presentes comenzaban a murmurar.
Dicen que don Agustaquio Pinto Prieto se incorporó con tremendo dolor de cabeza y los ojos desorbitados. Con la voz entrecortada alcanzó a decir:
—El mundo me debe una explicación.
Y antes de morir sostuvo sus últimas hipótesis: quizá todo ocurrió por la verruga que le salió en la rodilla un martes trece de marzo, o por la sal que había derramado accidentalmente aquella mañana.
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