Puedo soportar a alguien que
dice odiar a otras personas o a los intolerantes, pero ¿a alguien que odia la
música? Entiendo que los humanos seamos odiables, como el taxista de ayer que
no quiso cobrarme 10 pesos menos porque argumenté que siempre me cobran menos de lo que él me estaba tratando de cobrar. Y en ese momento, lo juro, me pareció la persona más odiable del
planeta; o lo contrario, quizás le parecí el más mezquino entre los mezquinos y eso fue suficiente justificación para odiarme. Puedo
soportar y vivir con ello, pero ¿odiar la música? Para eso se necesita realmente estar muerto en vida.
26/12/12
Puedo soportar...
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
15/12/12
poemas sueltos
quizás
jamás entenderé
por
qué el ciego se queda mudo
ante
todo lo que ve
evito
salir a las calles
evito
salir a echar espumarajos
o
convencer a los demás
de
que el cielo es azul
a
veces
cuando
salgo a dar un paseo
y
no tengo idea
de
dónde me encuentro
suelo
aturdir a los insignificantes
con
mis insignificantes preguntas:
¿quién
soy y qué hago aquí
entre
sonámbulos distraídos
palíndromos
agobiados
y
maniquíes de madera o cartón?
me
someto a sus radiografías
mientras
me miran sorprendidos
y
me dicen: eres un loco…
entonces
me vuelvo a ver a todos
y
me pregunto si también ellos lo saben
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
13/12/12
últimas palabras antes del 21-12-12
a estas alturas estoy considerando
seriamente la opción bukowskiana
y auto-declararme borracho
lástima que esa faceta ya esté muy trillada,
de cualquier modo, la idea era buena
seriamente la opción bukowskiana
y auto-declararme borracho
lástima que esa faceta ya esté muy trillada,
de cualquier modo, la idea era buena
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
Poema optimista
a estas alturas
y mirando al horizonte
me entran unas perras
ganas de llorar
y en serio
quiero llorar
darle la oportunidad
a algo que motive el llanto
quiero sentir
el punto exacto
de la melancolía
y desgarrarme a gritos
por el sonido deprimente
de algún blues
lo malo es que cuando
estoy a punto de lograrlo
siempre me gana la risa
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
2/12/12
Poemas sueltos
Oh, suelo Urbano
(donde el concreto es una
promesa desleal)
al fin veo lo falso de tu
realidad.
Un alba sin caricias, sin
consuelo ni lágrimas
atormenta a los hijos
marchitos del silencio.
Sendero sombrío gotas de
agua,
(los comerciantes del agua
caminan sin certeza).
Humeante es el paseo de los
andrajosos
en estas calles inciertas
donde no hacemos otra cosa
que escapar
de los conjuros del
contumaz.
El pánico sabe manejarnos,
somos tan sumisos de él,
como de las promesas ilusorias.
Mi demencia está a salvo en
el rincón de mi soledad.
Mi era ha pasado, ya no hay
puestas de sol
en mi aposento, ni lunas que
contemplar
en mi balcón que da a la
ciudad perdida entre el smog
El tiempo abrió una grieta
en mi pasado
y me dejó el frío de una
tarde de invierno.
El cansancio viene desde muy
lejos
y su luz nos alumbra este
túnel.
Pero los ciegos no saben
caminar en lo obscuro;
y los perros se niegan a
guiarnos...
ya no hay certeza en esta
epidemia cibernética.
Ya no hay corrientes limpias
en el viento.
¡Únanse a mi sueño y veremos
cómo pasa el mar;
paciente como las flores
bañadas de aire,
lento como la nada
y
violento como es su naturaleza!
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
1/12/12
El Buscapiés
El
Buscapiés
Marco Antonio Hernández Valdés
—
¿Se refiere a la inexplicable aparición del misterioso personaje?
El que toma la palabra es Quincho, que siempre
suele quitarse el sombrero para sobar su cabeza calva. Es de esos enhiestos
pueblerinos, orgulloso de su existencia, que acostumbra interferir tajantemente
en las pláticas ajenas, sin un objetivo claro. Su nerviosa personalidad provoca
que los demás perdamos el juicio; sobre todo yo, que lo tolero demasiado cuando
lo entrevisto, aunque en el fondo me desesperan sus altaneras ocurrencias:
nunca deja hablar a los demás, mucho menos cuando hay caña circulando en sus
venas.
(Mi madre fue una centella).
—Fíjese que a mí también me lo contaron, pero
de diferente manera.
Sus palabras aún resuenan de un lado a otro en
mis memorias y revolotean sus alas perdiéndose en los abismos de mis fatigas
ante una vieja chimenea y un vino añejo para recordar.
(Y mi padre un rayo cruel…)
Hasta
ahora nadie ha podido descifrar con exactitud los símbolos premonitorios a la
aparición de aquel insólito personaje, que se coló tajantemente en la plática
de temporada que sostenían el Quincho y Tirso, dos eminencias del huapango,
mientras los entrevistaba una tarde a mediados de junio. La fecha quedó grabada
en nuestras memorias, quizás porque lo relacionamos con las inundaciones
torrenciales de ese año. Nos encontrábamos en el pórtico de la vieja casa del
Quincho, y nadie sabe por qué quimérica razón
los músicos interpretaban el buscapiés a esta hora. Es muy temprano pa’ que toquen eso, recuerdo que exclamó Tirso con
su habitual condescendencia. Ni tampoco sabíamos si esa noche habría huapango,
o si sólo lo tocaban porque a uno de los aprendices se le ocurrió. Los
presentes escuchábamos atentos. Anochecía. Cantaban los gallos. Las gallinas se
disponían subir al limonero.
— ¡Qué! ¿Lo pone nervioso el
canto de los grillos, Lic.? —Quincho se dirige a mí, —los grillos cantan para
ocultar los ruidos endemoniados, que pudieran provenir de entidades como la
llorona u otro fantasma empedernido, —me explica mientras se quita el sombrero
dejando al descubierto su graciosa calva. Suelta una risa tópica, de esas que
delatan su personalidad, y continúa su relato, —pues parece ser que no sucedió
como suelen contarlo. Hasta hoy nadie ha podido rememorar con exactitud qué
ocurrió en aquel huapango, pero todas las versiones coinciden: se apareció el
Maligno.
“Parece que fue un veinticuatro de junio,
¿verdad Tirso? Ocurrió al filo de la madrugada, durante el último huapango de
las celebraciones a San Juan Bautista. Imagínese Lic.: los músicos cantan, la
gente se desplaza de un lado a otro, proceden con respeto a los rituales de
importancia. Sólo algún despistado se atreve a echar un vistazo al reloj: la
una de la madrugada.
“A un par de cuadras, un hálito de
incertidumbre anuncia el arribo de un misterioso personaje, que es precedido
por el sonido de sus espuelas. La gente disfruta de los tamales, los cafés
calientes, las pláticas ordinarias; mas se concentra en continuar el huapango y
se pronto se abstraen, permanecen absortos en los espoleos. Ni una palabra, ni
sonido alguno. Ni siquiera los perros que comen las sobras de las costillitas;
nadie se vuelve a mirar hacia la calle. La gente, anonadada, se encuentra en un
estado de arrobo secular, pero son los taconeos del extraño visitante, tan
repentinos, melifluos y a contra tiempo, lo que genera el desconcierto.
“Cuando finalmente el extraño ata su caballo
alazán al árbol más cercano a la tarima, se reanudan las pláticas y el ruido
bullicioso de la noche vuelve a instalarse en este lado del pueblo. Los sorbos
estruendosos al café caliente, la melodía fulgente del tamal al ser atacado con
los dientes, la cantata y el verso improvisado, al otro lado de la tarima,
vuelven a tomar vida. Uno y otro reanudan su plática, sin poner atención al
visitante que se apresta, jarana en mano, a tomar un lugar al pié de la tarima.
Cuando ejecuta el primer acorde del siquisirí, los concurrentes dejan a un lado
sus quehaceres y se vuelven, por fin, para observarlo. ¡Qué arrogante!,
debieron pensar, mientras las mujeres, maravilladas ante el extraño personaje,
que demuestra ser brioso con su instrumento, suben a la tarima embelesadas por
la melodía. Complacidas, corresponden a tan eminente virtud, percutiendo como
nunca sus tacones.
“Los hombres, por su lado, se desprenden las
envidias. Se internan en la fiesta rezumbando sus instrumentos, como en una
danza exquisita, prohibida, en la que los músicos se abandonan al ahogo y
embriaguez de la noche cósmica, como náufragos llevados por las turbias aguas;
sumidos en un raro sentimiento de flaqueza y vigor: ecléctica sincronía de la
vida.
“Por su parte, los guitarreros plasman sus
mejores frases hasta reventar las cuerdas. Los jaraneros, motivados por la
galantería, cantan y celebran a las bellezas de la noche, pero otros, abnegados
por su falaz instinto de supervivencia, demuestran su altivez con fruición al
visitante, que ejecuta el instrumento con virtud, que improvisa versos a
granel, ganándose el respeto y admiración de las bailadoras, que se pavonean o
retuercen, excitadas por la dulzura de una métrica tan perfecta, de seductora
policromía…
—El problema Quincho —interrumpe Tirso, que
comienza a fastidiarse del tono de la narración, — el problema es que no
sucedió como lo estás contando, por una y mil razones: el Maligno sólo aparece
cuando interpretan el buscapiés, su son
predilecto, —insiste don Tirso ante la mirada recelosa del Quincho, que lo mira
con disgusto y quisiera restregarle en la cara la consigna de un antropólogo de
pueblo, que sabe de lo que habla: “pinche viejito, nomás porque me llevas diez
años”, pero don Tirso retoma su discurso sin darle importancia a las
tribulaciones del Quincho, —el clímax del huapango sucede cuando escuchan con
atención los versos del extraño personaje. Recuerdan esta décima: mi madre fue
una centella / y mi padre un rayo cruel/ que tronaba como aquél, / que retumba
en las estrellas. / Tal vez las flores más bellas/ que van a reverdecer/ ó los
campos al llover/ cuando florecen en mayo. / Hijo de centella y rayo/ díganme:
¿quién puedo ser?, para mí que el Maligno la pregonó intencionadamente; su
propósito es claro: se trata de un acertijo. Los dos versos finales son
determinantes: hijo de centella y rayo/ díganme: ¿quién puedo ser?, y ¿qué rima
con ser? Nada más y nada menos que Lucifer. Por eso en este son hay que pregonar versos a lo divino,
para ahuyentarlo o evitar su aparición.
Las palabras de don Tirso cascabelean en mis
oídos como una clara melodía de madrugada, al tiempo en que a unos cuantos
metros, esquivando las sombras de los arbustos, un menudo visitante se acerca a
nosotros. Nos inspecciona tratando de encontrar una mirada afable, pero en el
momento en que don Tirso finaliza su teoría, se siente un aire gélido, dañino,
en el ambiente. Hasta ahora nadie ha podido descifrar a qué se debió, qué pasó
en esta plática, ni por qué un tipo que, movido por la curiosidad, se nos
acerca sólo para rebatir la teoría de don Tirso.
—En esa décima no hay nada de misterio, —
señala el extraño, — no le busquen tres pies al gato, mucho menos intenten
jugar con lo desconocido— insiste con voz solemne, que parece desquebrajarse,
—tampoco busquen explicaciones sin sentido a los sucesos que por sí mismos
tienen su propia explicación. Los versos de esta décima están construidos con
maña, y en efecto, nos hacen pensar en la posible existencia de algo oculto,
pero les aseguro que la intención no es esa. Estos versos antiquísimos hacen
alusión al tiempo de cosechas y lluvias, ¡grábenselo! —acentuó. Parecía un
catedrático ofreciendo una homilía,
—antes de la llegada de los españoles, los indígenas ofrecían música,
canto y poesía a los dioses, con el objeto de pedir lluvias en tiempos de
cosecha, agradecerles su bendición, o qué sé yo. La aparición del Maligno en
este son es simplemente ilusoria, una
estrategia del convencionalismo ordinario.
“Un mito sin trascendencia que persiste en la
imaginación involuntaria de los pueblerinos y nada más. ¿Cuál sería la
intención del Maligno al aparecer de manera irrelevante a un convite sin
importancia? Si apareció, ¿por qué la gente no rememora el suceso con
exactitud?
—Porque tampoco estamos seguros de cómo
sucedió. A mí me lo contó mi padre, porque recuerda huapangos en los que la
gente fue testigo fiel de este evento, —revela Quincho, que de nuevo se quita
el sombrero para sobar nerviosamente su calva.
Reposo un par de segundos en un estado de
letargo, mientras la noche cae sobre el escenario; ni siquiera notamos que en
las calles ya no hay alma que las transite y que los alumnos se han desesperado
de la plática y han resuelto retirarse. Exhalo un poco de aire y me dispongo a
terminar con las grabaciones de campo. Del fondo del patio, una sombra de
figura escuálida anuncia a Patricia, la esposa del Quincho, que trae consigo
una charola de vasos con agua. Me siento exhausto, pero me interesa escuchar
las conclusiones de los anfitriones. Echo un vistazo al reloj, pronto será
medianoche. Pensé en lo rápido que pasa el tiempo en estas pláticas.
Intento examinar el rostro del extraño, pero no
encuentro parentesco alguno, quiero decir, con los del pueblo. Aunque no había
mucha luz en el patio, puedo asegurar que era de tez blanca, casi pálida. Miraba
sin expresiones. Posaba un pie sobre una silla, recargaba el codo de su brazo
derecho en su rodilla y miraba escrutadoramente a don Tirso que, aunque
permanecía en silencio, a su rostro lo iluminaba su benévola sonrisa de
siempre. Quincho era el único nervioso, le temblaba el paladar y parecía que
iba a quebrar en llanto; aún así tuvo el descaro de salvar la plática sin darle
importancia al juicio emitido por el foráneo.
—Usted qué va a saber de los acontecimientos de
este pueblo, ¿verdad, Tirso? Les contaba de la aparición del Maligno en un
huapango, y estoy cien por ciento seguro de que interpretó el siquisirí, porque
es lo más lógico. Tirso, con este son
saludamos con cortesía y respeto a los demás músicos. Debieron interpretar un
buscapiés previo al Siquisirí del Maligno y por alguna vaga razón olvidaron
pregonar versos a lo divino.
—¿Qué le hace pensar que fue el Maligno el
protagonista de su historia? —replica para insistir con su argumento el
extraño. Hasta ahora no sé por qué nadie le preguntó su nombre.
El errado personaje permanece callado, parece
que las conjeturas se le esfuman de la mente. Observa detenidamente a Tirso,
que especula para sí mismo, y a veces a Quincho.
—El buscapiés se interpretó después —deduce
Tirso guiado de una corazonada. Me mira y concluye, —entrada la madrugada,
cuando los músicos se acostumbran a la presencia del Maligno, caen en la cuenta
de que se encuentran frente al mismísimo Diablo, porque lo descubren algunos
niños, que misteriosamente deambulan por ahí. Le ven una pata de chivo y la
otra de cristiano. Recuerde que los niños están dotados de inocencia pura, no
contaba con ello el Maligno. En ese preciso momento los repentistas, hartos ya
de su insoportable atractivo, se enfrentan a su destino sin importar las consecuencias
que acarreará el hecho —sugiere don Tirso en un estado de arrobo admonitorio.
—Si así fuera, ¿no cree que el Maligno tiene
asuntos más importantes que atender, que poner fin a una fiesta pagana, en
donde la gente festeja como a él le agrada?
—Pero, ¿quién es usted? — pregunta don Tirso
que reacciona como si al regresar a la realidad hubiese visto al Maligno, —es de
mala educación interrumpir la plática de dos jerarcas de una tradición
milenaria sin presentarse con ellos.
—El que los esculca no necesita presentación;
su personalidad lo precede. Mucho menos necesita pedir permiso para
involucrarse en una plática que sí es de su incumbencia. Pasaba por aquí y me
pareció injusto que se tratara de un tema tan clásico sin tomar en cuenta los
aspectos reales de la discusión.
—Quincho, ¿se celebró hoy huapango en Casa de
la Leona?
—Se suspendió.
—No es verdad, vengo de ahí —replica el extraño
y, después de dar una bocanada a su cigarro, costosamente articula su discurso,
que más bien parece un monólogo, —me parece retrógrada que a estas alturas se
crean estos cuentos para asustar a los niños. Podría hablarles conscientemente
de cualquier historia relevante sin tantos eufemismos, pero ¿la aparición del
Diablo en un fandango? Es infructuoso. No existen argumentos sólidos que lo
sostengan; la tesis es de por sí ridícula.
“Tú, eres el antropólogo del pueblo, ¿a qué te
dedicas? ¿A la arqueología de las creencias? Y tú, —por primera vez se dirige a
mí, — ¿vienes a levantar encuestas para crear una estadística inútil? Don
Tirso… don Tirso… Ese es su nombre, ¿cierto? Esta décima es sólo el producto de
la creatividad de un poeta póstumo; es el resultado del sincretismo: dos
pueblos, dos culturas. Una, la conquistada, la que debe someterse y aceptar las
reglas, y la otra, la imponente.
“Las creencias de los pueblos se mantienen
vivas gracias a los poetas rurales, que son los únicos capaces de recuperar
nuestra identidad y mantenerla viva, vigente, señores. ¡No me vengan con
chingaderas! Cómo que se apareció el Diablo…
Don Tirso se levanta de su asiento, anuncia que
es demasiado tarde y quiere retirarse, si no nos importa. Por su tono de voz,
se nota que le incomoda la presencia del extraño personaje, que nunca se
presentó. Me levanto y tomo del brazo a don Tirso. Le indico que lo acompañaré.
Quincho me mira subversivo e intenta detenerme, al tiempo en que le digo: está
bien, llevo a don Tirso a su casa y vuelvo.
En el limonero, la corriente de un aire gélido
perturba a las gallinas, que emiten estridentes cacaraqueos que sacan de quicio
a Quincho que sin pensarlo dos veces, se precipita contra ellas lanzándoles
piedras o lo primero que encuentra a su paso, unos segundos más tarde trata de
callarlas azotándolas con la escoba, pero las gallinas son persistentes, y parecen
burlarse de él. “Pinches gallinas
culecas, cállense”, les grita. Doña Patricia, que entra en escena en medio
de la noche sin notar que su cabello está alborotado, se asoma al patio poseída
de un espasmo arbitrario, de confusión. “¿Quincho, qué ocurre?” pregunta,
“cállate y vete a dormir”, le responde altaneramente. Don Tirso insiste a
Quincho que quiere retirarse y le sugiere ir a dormir, pero Quincho es un
obstinado empedernido, poseído por su necedad.
—Bueno, ultimadamente estoy en mi casa y aquí
hago lo que se me dé la gana, —replica Quincho, obsequiándonos una mirada
maléfica. No sé qué hacer.
Pero pienso que es inútil intentar hacer algo,
a un hombre como Quincho es imposible detenerlo después de tres litros de caña
en la sangre. Le hierve como un comal.
Tirso comprende que Quincho ha perdido la razón
y me pide lo lleve a casa, “estoy muy viejo para andar en estos trotes”,
concluye. Cuando nos volvemos, caemos en la cuenta de que nos olvidamos
completamente del extraño. Partió repentinamente sin dar pista alguna. Corrí
calle afuera para ver si le alcanzaba, pero pareció haberse esfumado por
completo. Eché un vistazo a mis cosas, todas se encontraban en su lugar.
Acompañé a don Tirso a su casa y cuando volví con Quincho, el lugar reposaba en
silencio. Me retiré a la Casa de la Leona para descansar también. Mi autobús
partía mañana temprano.
Cada
vez que tengo la oportunidad y mi economía lo permite, me doy una escapada a
las festividades de las rancherías y los pueblos. Por pesares del destino don
Tirso ya no está con nosotros. Quincho difícilmente se acerca a los huapangos.
Dicen que está de luto desde que murió don Tirso. De eso tiene un año, más o
menos.
Aún conservo el audio, no sé si por nostalgia o
porque me parece un tesoro invaluable. La dicción, con la que entonaba sus
frases, capaz de arrebatar la calma a cualquier alma bondadosa, la voz
melancólica y grave del extraño personaje, quedó registrada junto a la de
Quincho y Tirso. Siempre la muestro a los vecinos del pueblo, esperando obtener
alguna explicación o comentario, pero a nadie parece importarle. Lo que ocurrió
esa tarde sólo pasará a formar parte de esos acontecimientos, que carecen de
elementos sustentables para demostrarlos, y su destino es la del olvido, a
donde se pierden todas esas historias que no logran salir de la memoria; digo,
de la memoria de Quincho, que es el único que podría esclarecer la historia.
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
29/11/12
Audio de: El Hueco.
Adiós a San Cristóbal
Al lado de una planta que sirve de melosa compañía, parafraseo las palabra de Hugo Gutiérrez Vega al salir de Querétaro: si regreso será por pendejo, ahora que hago el recuento de memorias de mi vida aquí en San Cristóbal de las Casas. Y hay tanto de razón en mi rebelde enojo, pues resaltan en mi frente las venas de la ira al recordar momentos tan destructivos que quisiera no recordarlos nunca.
Pero no todo fue tan malo, también hay momentos de sueño, momentos de compañía y momentos de la bohemia al lado de los personajes que conforman este pueblo. Y entre ellos puedo citar a Pancho Álvarez o a Pancho Urbina. A contados músicos con los que compartí el viaje: 6 años bosquejan un fingido abrazo forjado en el aire.
A estos momentos luminosos pertenece esta grabación, a mediados de marzo de este año. Vivíamos en la Casa Jarocha, un lugar que bautizamos con este nombre porque nos imaginábamos un Hogar para el son jarocho. Una tarde de bohemia tuvimos la oportunidad de tener con nosotros a Pancho Urbina, y en su voz grabé uno de mis poemas memorables en mi imaginación: El hueco. Espero les guste.
Audio de: El Hueco
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
12/11/12
Tacumba
Tacumba
I
Muchos piensan que se trata de un pueblo abandonado;
otros, de una hacienda construida por un tal don José Julián Rivera, pero en la
memoria de los menos, habita la idea de que Tacumba no se trata ni de un pueblo
abandonado, ni tampoco de una hacienda en ruinas. Que son los recuerdos de los
viejos que cada día, al salir un sol nuevo en la aurora, reafirman su ritual
cotidiano: existir.
Imaginemos
que es un pueblo abandonado, cuyo espacio geográfico no recuerdo, pero, sin
duda, está en algún lugar de Veracruz. Que es un pueblo alegre; bueno, digamos
su gente, la poca gente que queda en esas ruinas, porque hemos dicho que está
abandonado. Y la duda resalta en el aire: ¿abandonado por quién?
Si es así, si realmente se trata de un pueblo,
entonces debió haber haciendas, construcciones alzadas a granel por el
colonialista. Casas de adobe en las periferias, rostros con olor a hambre en
las calles, fondas para los jornaleros, qué se yo. Digamos que, como todo
pueblo, tiene un parque central. A su costado, como comúnmente se registra en
los pueblos pintorescos, alza sus torres una iglesia cuya altura toca la
omnipotencia del cielo y que, seguramente, ha sido escenario de combates u de
otro tipo de calamidades como, por ejemplo, las interrupciones de un temblor,
la imprevista visita del tiempo que desmorona las paredes, que las rasga como
un loco empedernido que se lleva todo a su paso. Al otro costado, de ornamentos
seculares y monótonos, el Palacio Municipal, desde donde se vigila al pueblo.
Las calles deben ser empedradas y estrechas, porque este pueblo data del tiempo
de la colonia. Sus banquetas nos deben recordar vestigios de farolas en una
noche bohemia de serenata. La guadaña en el monte, que precede la travesía de
la muerte y de la vida como una dualidad incomprensible, nos debe recordar el
silencio de una piedra; la luciérnaga, que canta en la noctambularia levedad de
las cosas, a algún olor de la infancia; la incierta llanura de terciopelo, a
una cantina en los páramos del recuerdo; el árbol sin nombre, al ruido de la
tarde en el ocaso fruncido del cielo; la sinfonía de los pájaros, cuyo título
quedó en manos de alguna pareja furtiva, a los almohadones de la tierra. Todo,
todo lo que forma parte de Tacumba, si el nombre nos evoca tiempos y gentes,
aquí habita, aquí existe, y descubre en sus últimos pueblerinos que el abandono
no es la falta de gente, sino la falta de proyección de existencia en otros
lugares con sus gentes y sus circunstancias.
II
Se me antoja decir que este pueblo vivió la
revolución, que millares de soldados entraron y su paso dejó una sequía en su
población. Que, de la nada —como suele pasar en los cuentos mitológicos, donde
se confía la desprotegida existencia del hombre a manos de las hadas—, se
convirtió en un pueblo desolado, invadido de una epidemia de abandono. Pero que
los pocos hombres que quedaron fueron suficientes para sostenerlo, pues ven,
con la luz de unos ojos de niñez interrumpida, el recuerdo en sus memorias de
lo que debió haber sido Tacumba cuando adultos; cuando niños, se les antojaban
los ríos y las montañas que lo rodeaban (supongo que estaba rodeado de montañas
y una vegetación rica y abundante). Se les antojaba un papalote volando en la
lejanía del viento surcando las alturas de Tacumba, podando los precipicios del
aire. Una dilatada tarde de juegos en los campos o en las fincas.
A veces
me da por imaginar que Tacumba en realidad no es sino lo que sembramos en
nuestra memoria de niños, un pensamiento póstumo y oportuno. De algún modo sus
habitantes lo reinventan en sus memorias, pero como algo que es abstracto,
lejos de una realidad inmediata y concreta. Hacen de Tacumba un lugar habitable
y ceremonioso.
Y aquí
está, aquí existe. Tacumba sembrado de olor a café.
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Tacumba
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
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"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
9/11/12
Memorias del viaje
Memorias del viaje
OberKirch, Deutschland
I
No quisiera parecer un pesimista, pero al café
que tomo esta mañana le hace falta azúcar, y a estas alturas prepararme un té me parece tan
superficial, como la atmósfera que se torna triste y de un color otoñal. Echo
un vistazo por la ventana y afuera los árboles se están secando. Las hojas vuelan
de un lado a otro y me sirven para rememorar los momentos importantes de este
viaje. Les hago un espacio en mi memoria y me adueño de ellos tomándolos del
pelo y aprisionándolos en los subsuelos más hospitalarios de mi memoria. Ahí los
combato y les hago frente ante la barbarie de mis cinismos internos. Los
doblego poco a poco y los plasmo en la hoja sin ver realmente el contenido
hasta que obtengo el resultado de mis recuerdos ya frente a mí.
Al
pensar que regreso, me surge una incrédula pregunta: ¿a dónde? Pensar que se
regresa siempre conlleva a muchas preguntas falsas, deterioradas por la edad y
los apegos. No tengo a dónde regresar puesto que los límites de mi cordura allanan
con mella mis tormentos pragmáticos. Comunidades enteras de pensamientos forman
la legión de la tarde en mi mente. Conmemoro mis decisiones y entablo una
plática sincera con la gata que ronronea sus recuerdos. A mi lado los
periódicos empolvados ya no predicarán sus portavoces; “Nichts Neues” reza el
tabloide en grandes letras verdes. Por la mañana reímos un poco ante este
descubrimiento.
Hago
memoria y de entre estos escombros luminosos se asoman varios rostros prensados
a los lugares que visité, pero me limito simplemente a observarlos. Les dedico
una sonrisa y bebo un sorbo del arruinado café de la mañana. No tener a donde
ir es lo más sensato que me he dicho últimamente; sobre todo porque al pensar
que todo mundo regresa y se moldea a la idea de los trechos surcados en su
aparatosa memoria, sólo sirven para invocar nuevas rutas, que los moverán a sus
desesperados destinos. Le echo otro vistazo al diario y evoco otros momentos
desolados. Los que me permitieron reconocerme en la esencia de una humanidad
dividida por idiosincrasias, creencias, límites territoriales, y todo ese festival
de jurisdicciones que nos separan a unos y otros, y me digo que a ningún lado
voy porque en el lugar donde me encuentre es el lugar indicado para mí.
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
2/11/12
tu presencia
tu presencia
1)
tu presencia es mi presencia
que cabalga sueños ignotos
que entre selvas de plasmas se pierde
y retorna por senderos oculares
a la vista perpetua de lo imaginario
tu presencia es mi presencia y
se disuelve con círculos centrífugos
hacia la tarde bifurcada de mis ojos
mi presencia aturdida es tu alteridad
apariencia roedora de lo que parece ser
fotografía y ensamble de cada momento
catálogo y catarsis de tu misma catarsis
analogía descalza que se mofa de sí misma
y tu presencia palpita,
es otredad
esencial
en los extractos
del mundo
2)
tú, la modulación
de todo en cuanto existe
y adopta tu ser
tú, el instante del instante
el sector de las reminiscencias;
permeas y ensamblas
presencia y frecuencia : frecuencia y línea
y de eso
agua
sólo agua en tus ojos
espirales y rutas incandescentes,
replegadas,
doblegadas por el aire
3)
me disperso en tus muslos
voy rumbo a la mansión etérea
soy el contemplador de tu quietud
soy agua en tus senos
cuna, tus cejas
resplandor
tus senos, figuras de ébano
de olor a incienso confín y laberinto
mis contemplaciones se perdieron
rumbo a la oscuridad.
ahora puedo desplegarme
en tu fuego
y nadie lo detendrá
nuestros cuerpos son un mosaico de las vibraciones
de la vida, del pulso de las aves, del pulso del mar,
te enredo entre mis pestañas y acudes a mis ojos
en el momento exacto de la metamorfosis
nuestros momentos son un extracto
de nuestra presencia en el tiempo,
nuestros cuerpos
nuestros cuerpos
un compendio de la humanidad.
San Cristóbal de las Casas, Chiapas. 2012
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
22/10/12
Dosis de lo mismo para llevar
Dosis de lo mismo para llevar
Una mañana cualquiera, pero de lluvia, me di a
la tarea de comprar una caja para enviar por paquetería unos instrumentos de
son jarocho. La tarea fue difícil pero amena, gracias a que con un amigo
elaborábamos una metáfora perfecta de la democracia mexicana, aunque en
realidad la ilustró una situación igual de burda, como las situaciones que se
prestan para poder obtener el resultado perfecto de una democracia fallida.
Mi
total desconocimiento de la ciudad me obligó a pedirle ayuda a mi voluntarioso
amigo que me acompañó a todas partes a pesar del hambre que nos doblegaba a
ratos. Una vez que tuve la caja en manos le pregunté: ¿qué prefieres: ir a
buscar comida y luego vamos a tu casa a envolver los instrumentos ó vamos a
envolver los instrumentos, los enviamos y después buscamos algo de comer? Su
mirada generosa me daba una respuesta contundente, pero sus expresiones la
reprimieron cuando articuló sin tantos miramientos su intempestiva pregunta:
¿tú qué propones? Y sin pensarlo dos veces le contesté: que vayamos a tu casa,
envolvamos los instrumentos, vayamos al correo postal, los enviemos y
terminemos de una vez con esto para comer tranquilamente. Sin mostrar asombro
alguno me dijo: si quieres enviar los instrumentos ahora y después comer, ¿por
qué pides mi opinión?, a lo que contesté a manera de disculpa y en un tono
dubitativo: porque ¿así funciona la democracia?
Esta
respuesta fue muy a la mexicana, y la reacción de mi amigo fue a la altura de
un delicado y soberano humorista: ¡ah! La democracia mexicana. Y justamente su
acusación me asestó un golpe bajo, pero contundente y preciso. No nos debe
sorprender que así funcionen las cosas en el país, hacernos creer que en
realidad nuestra opinión cuenta es parte del cinismo de esta institución. La
ilusión de sentirnos parte de un país construido con sangre derramada, me hace
pensar en lo lejos que estamos de entender los procesos democráticos puesto que
para la democracia debemos estar ilustrados, no sólo sentir que la aplicamos en
un contexto ridículo, sino tener la información necesaria y estar conscientes
de que para que se viva una democracia debe uno ser responsable y sobre todo,
aceptar esta responsabilidad, según mi opinión, habrá quien tenga otros lúcidos
comentarios a esta burda situación.
Una vez le comentaba a un amigo que deberíamos
apoderarnos de los medios sin profundizar mucho en política, pues la política es
el terreno en donde nos están dominando, pues piense o externe uno sus puntos
de vista, la política funciona igual de ambigua como el pensamiento de los
políticos mexicanos, y por ende pisamos terrenos tenebrosos y desconocidos. Entonces
le decía que deberíamos hacer como siempre se ha hecho con la cultura, abordar
la situación con un movimiento contra-cultural. Un ejemplo claro es el son
jarocho, el blues, el jazz, etc., que son movimientos contra-culturales que
surgieron en un momento de la historia y hasta hoy en día siguen vigentes. En su
momento era una protesta, era la consigna contestataria de los grupos
disidentes y generalmente olvidados o marginados en el tiempo en que les tocó
vivir, pero creo que jamás imaginaron que su movimiento cultural habría de
atravesar fronteras y habría de sobrevivir los peores momentos.
El
problema inmediato es que el sistema siempre succiona estos movimientos, los absorbe
y después nos los vende en sus changarros siniestros. Pero las proclamas persisten
a pesar de los tiempos, y estos mismos sucesos importantes deben ser los que
nos inspiren a crear nuevas tendencias contra-culturales que se adapten más a
las necesidades del pueblo que a las necesidades intelectuales de los
burocráticos, o la cultura que nos implanta el sistema.
La mañana avanza y después de dejar los
instrumentos en el correo postal, me digo que siempre hay tiempo para vivir el
momento, y que pase lo que pase, siempre estamos en el camino. Habrá momentos
difíciles, pero para ello deben persistir los momentos que nos llenan de vida y
nos inspiran. Hay tanto por hacer en el país. Sin embargo, esta sonrisa
desdeñosa que celebra otro día más, no será la misma cuando me halle lejos y
desde donde esté alcance a escuchar los gritos desesperados de mi país, mucho
menos cuando yo mismo me pienso educado en esta cultura. El resultado: soy
parte de lo mismo pero en distinto contexto. Mi menesteroso amigo es culpable
de mi auto-crítica, le invito la comida e intento reparar los daños que
pudieron causar mella en su nerviosa personalidad. Le digo que de hoy en
adelante intentaré resolver mis problemas psicológicos, y a ver si logro algo
para ser más democrático con mis amigos.
Galway, Ireland.
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
16/10/12
A ti mis emociones carnívoras
I
A
ti mis emociones carnívoras
mis
devociones y mitos
soy
el gato voraz de tus
volcanes
adheridos
a
ópalos veraniegos
cervantina
bouquet
de espejos
invento
un candelabro de susurros
en
medio del oscuro apareamiento
de
luciérnagas o cosas mudas
enjambre
de olas
si
abrieran su tenebrosa boca
te
perderías en sus oleajes,
filamentos
y enredaderas
afortunadamente
tus
párpados reposan
como
un anagrama
sobre
los míos
deja
que tu sonrisa perdure entre pliegos de viento
que
perdure el sueño que tus ojos bordan
paisajes
aglomerados de paisajes boscosos
tu
nombre entre la hojarasca
intento llamarte
te
deshojo pliego a pliego
y
en medio caracoles y espirales lamidos por ángeles
palpo
tus labios abiertos a la
tierra
anota
la hora de la brisa
sobre
tus pestañas
la
demoledora lluvia
toca
tus hombros
ya
te veo sonreír
apenas
dibujo la caricia ya plasmada
en
los horizontes que deja tu rastro
y
te reconozco
la
gacela de tus pestañas nos lleva ventaja
a
la orilla de los muelles del tiempo
II
te
entrego este sediento cuerpo
te
entrego esta alma impregnada de tus olores
déjame
estacionar mis miradas en el jardín de tus ojos
y
fermentar los pliegos de tu piel
con
aromas volcánicos, perdurables
abanicos
desplegables
para
emprender el amor
sosegado
con caricias,
agazapado en tus
manos.
"Uno de los jaraneros más brillantes de su generación"
-The NY Times
"Polémico, creativo, desafiante y humorista".
-Los siete sabios de Grecia.
"Bastó con la habilidad del chico para el verso y la jarana, para patearme el trasero."
-Charles Bronson.
"Le vendí un consejo millonario por 20 pesos en el metro."
-Master Muñoz
"Toca bien, pero le hace falta aprenderse el Querreque y la Bruja"
-Un vecino.
"Me hizo una jarana que suena perrón".
-Un cliente.
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