Veo


Veo

Veo.

Acción confusa.

Todo se mueve allá arriba.
Tal vez es un estado de no-ver el que experimento,
un estado de transición donde quieren hacerme creer
que sigo con vida.

Un engaño vestido de presión nauseabunda
que oprime mi pecho:
una tarántula venenosa imprime su baba en mis cejas
hasta derretirme.

Todo parece dislocado en la realidad.
Nada se mueve; sólo sombras.
Permanecen estáticas.
Gestos de confusión.

De pronto el dolor deja de actuar sobre mí.
Sólo queda una punzada en mi cerebro destrozado,
sensaciones confusas, contradicciones,
saltos de nervios que no responden a mi cuerpo dormido.

Y en medio de estas contracciones
aparecen intervalos de lucidez.

La lucidez llega con su estúpido sopor:
el miedo a no ser yo.

Que la esperanza no venga ahora
a dar su golpe de gracia.

Quiero que todo pase sin sorpresa.
Que alguien obstruya mi campo de visión
y me deje con los ojos cerrados.

Estoy sofocado.

Todo lo que implica ver me está matando.

Ahora lo entiendo:
por los ojos entra la vida
y todo lo existente.

No hay dios ni anti-dios en este minúsculo espacio.
Ninguna luz viene a aclarar las sombras
que quedaron suspendidas allá arriba.

El viento ya no causa efecto en mí.
Apenas lo siento.

Pobre imbécil que soy,
quizás esta sea mi muerte.

Parece una simple pesadilla.

Lo que ocurrió dejó abiertos mis sentidos,
mis poros a nuevas sensaciones ajenas.

Cualquier tropiezo de una molécula viva con mi cuerpo
entra y sale de mí.

Los nervios están abiertos.

Algo me permite sentir,
pero bajo una oscura capa de dolor
que obstruye mis razonamientos.

Miro bajo una sombra.

Todo quedó convertido en recuerdo,
desviado por el pensamiento.

No tengo recuerdo reciente,
sólo escenas que pasan volando por mi memoria
y se borran.

No puedo moverme.

¡Que alguien me despierte!
¡Que alguien me haga entrar en razón!

Pero nada.

Sólo veo una ligera mano que se acerca a mis ojos
y los cierra.

Todo desaparece.

Escucho voces lejanas
que poco a poco se alejan.

Un silencio me inunda.

Me ahogo en este silencio,
en este remolino donde desciendo
conspirando contra mi cuerpo inmóvil.

Se secan mis sueños.
Se secan mis pupilas.

Espero en este intento inútil
que me sofoca.

Me siento incómodo,
como un niño que juega a las canicas con un adulto
que se las quita y huye corriendo.

Siento los electroshocks.

Son el último indicio que tengo de mis sensaciones.

Mejor iré a la luz.

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