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17/5/11

Mimo

Mimo
Por Marco Antonio Hernández Valdés

1. Las formas son impermeables, perceptibles. Navegan en el sigilo del movimiento hacia una realidad fluida. No viajan a la velocidad del sonido, su continuidad depende del tiempo meteorológico, de hacia dónde se dirijan y en qué condiciones se encuentre el poenauta en el momento de la revelación. Hay hileras de pensamientos en espera (vivo en una oscuridad concurrida). Sólo veo mis ojos rumbo a un atardecer nuclear de frases; pululan las hojas variantes y versátiles. Entonces digo palabras eléctricas y alternativas. 
He de verte reflejada en los ganchos de la tarde.
La vecina ve humo en el viento. 
Recreo esta pantalla de ilusiones. 
Habremos de recuperar algo perdido en los pantanos del tiempo. El ayer no está muy lejano
2. Te siento tensa y alejada. Llueve. Hacía falta este aguacero. No hay motivos para dudar de nuestra situación humana. Te veo mirar el agua que circula con poca corriente ¡Hay ojos que ponen los gatos! Se anubla mi vista. Las formas de la mente llevan un ciclo errante manipulado por seres extraños a este mundo. Una calle siempre tiene una salida, pero las aguas que se llevan los barquitos construidos por los niños que saltan empapándose se irán a rincones insospechados. Somos cómplices. Las aguas me recuerdan las tardes que veo llorar a mamá. Mira desde la ventana todo lo que pasó volando sin alas. ¿Quién dice que llegaremos a su edad? ¿Te acuerdas cuando jugábamos a construir barquitos? Siempre te la pasabas mirando hacia el cielo tratando de encontrar una respuesta. Yo, la verdad, ya no tengo ganas de continuar. 
3. Mi madre y yo somos dos enemigos que están cansados de verse todos los días la cara, ya estamos cansados de fingir nuestra farsa. Cada día cuando amanece me doy cuenta de ello, quisiera decírselo y ella a mí, lo sé, pero ninguno de los dos se atreve a hablar. Somos dos adultos que no han dejado de ser infantes. Como si los momentos volátiles de nuestras vidas imperaran entre nosotros, a cada insulto vuelven la nostalgia y el gusto por los días intensos. Es una estúpida comedia que persiste aún en contra de nuestra conciencia. No le demos más vueltas al asunto, salgo a pasear con una esperanza poco notable en mis ojos: ya no quiero pertenecer a las extrañas miradas que me observan desde el café.
4. A la abuela se le están cayendo los dientes. La miro desde el pie de su cama, ya no se mueve, sus ojos están desorbitados. Me hace creer en la tristeza y cuando le muevo las manos para que reaccione, una flecha atraviesa mi pecho, la flecha de la melancolía. La forma como ven los ancianos el mundo es fatigante. El tiempo vivido y registrado en su memoria los hace más tristes, se fumigan solos con pensamientos que los contradicen. Dicen que la muerte sana y veo en sus ojos que quieren verse niños en las aras de la infancia. Cuando las campanas doblaron aquella mañana de abril, sus ojos ya no abrieron sus minúsculos lentes para darle la bienvenida a un nuevo día. Algo se paseó en nuestras memorias. Algo se perdió con el llanto de los niños que amanecieron tristes. No fue bastante. Nada es bastante para castigar al hombre. Sus ojos abiertos le robaron la esencia a otros ancianos moribundos.
5. Lo mejor de la vida ya está en descuento, lo he escuchado en programas de radio y televisión (¿en estos días quién te da la razón? No creo que sea la televisión). Las caras de las calles sintonizan frecuencias eufóricas nocivas para la salud (si no le quedó claro pase al párrafo uno). La naturaleza está siendo manipulada por seres extraños. Convivimos con adultos y ellos nunca dicen la verdad. El mundo, lo haya hecho quién lo haya hecho, se está echando a perder. Aquí hay una duda, creo que Dios se volvió loco, signifique lo que signifique. Las mañanas se están poniendo agrias y no puedo hacer nada, sólo quiero huir y el camión me dejó en la parada. Pase lo que pase, quiero sentirme más seguro en tus brazos, diosa de los afligidos. Dame tu mano y llévame a tu raíz para fundirnos en el anonimato. ¡Que no mencionen mi nombre! No importa, no lo necesito. No quiero que los letreros roben a mi mirada la luz que a nadie hace daño. 
6. Este es el caso perdido de un payaso con el alma marchita y triste. Un payaso que al final de su vida aprendió a reírse de sí mismo. Este relato debe leerse con música de Bach o Beethoven (arioso en F o romance para violín), ese sería el deseo de nuestro amigo. Por último se debe llorar, reír o simplemente quedarse callados dando un aplauso que disfrace lo cansado que es para el público escuchar una historia sin sentido. Aplaudan muy fuerte para demostrar que la obra les gustó
7. Cuando vengan a mi funeral y vean llorar a mi madre no le crean, es una mentirosa, sólo fingirá que está triste. Es una farsante y sabe hacer bien su papel. Todo lo finge para quedar bien con los vecinos (y yo soy un impostor). Mi madre y yo sabemos tomar muy enserio nuestro papel, sabemos actuar muy bien Nos moriremos siendo cómicos que llevan una máscara y asustan a los demás

8. El día de mi muerte será mi obra de arte, la veré culminada en el rostro de los allí presentes cuando todos crean que mi tiempo se llegó como ola que trae el mar y se lleva lo vivo de la playa. Todos deberán estar agradecidos por regalarla al mundo. La vida es una melancólica llama que ya se apagó. Veré mi obra cumbre la noche que desde el féretro les diga: todo fue una broma y nada fue real. Las lágrimas de mi madre serán inútiles, no serán reales: tampoco la muerte. Cuando esto suceda no quiero de ustedes un aplauso, porque yo busco las reacciones en las personas. Quiero que se suelten a llorar o a reír. Los aplausos no demuestran la emoción del espectador. No me ofenderé de sus risas. Yo me soltaré a las carcajadas hasta que me dure la vida. Lo mejor del caso es que no sabrán si me burlo de ustedes o de mí.