Segundero




1
La ventana se encontraba abierta y el tumulto de los rayos del sol mudo se colaba a mi habitación, deslizando en las cortinas su resplandor atómico que, escandalizado, me anunciaba las siete y media de la mañana. La luz me causó tal repudio que debí odiarme al recordar que olvidé cerrar la ventana la noche pasada. Todo me parecía tan extraño como ese chillido metálico del tintinear del reloj, que me aturdía. Con dificultad tragaba saliva y, al atorarse en mi garganta junto con el segundero, me anunciaba la tragedia que habría de culminar con mi vida minutos después.
    Cuántas imágenes rodaron por mi cabeza sin encontrar cauce. Olía bastante a cigarro; debí fumar durante mucho tiempo mientras conciliaba el sueño, aunque rara vez fumaba en estos días ni recordaba qué propició cambiar de parecer.
    Di una bocanada de aire tan profunda que me pareció que en ese momento se consumarían los tiempos. Deseé callar a golpes al molesto reloj. Parecía que el mundo se había puesto de acuerdo para hacerme la vida de cuadritos. Las horas parecían permanecer silenciosas, sin dar su paso clave. Y de pronto sonó el teléfono. Ese esquelético sonido deprimente, tan repentino, me vino a recordar que era sábado. No tenía ganas de atender la llamada, quizás porque su melodía preconizaba un escalofriante miedo en el ambiente que tanteaba mis nervios.
    Tanta lucidez en mis reflexiones me cargaba de espasmo. Extraño recibir una llamada en sábado y a esta hora; de alguna manera me anunciaba lo que a continuación se fraguaría en mi contra. Alguna vez debieron haberlo oído: ese indigesto chirrido, el doloroso malestar que emprende su tintineante sabor metálico y se mete hasta los tímpanos, y acto seguido, alguien llama desesperadamente a la puerta.

Mi rostro se ahondaba en la perplejidad de los símbolos anteriores que precedieron al toc toc toc ominoso al otro lado del corredor. Decidí que no debía abrir, pero más tarde cómo habría de lamentar el no haber actuado instantáneamente. Unos minutos habrían sido determinantes para salvar mi pellejo. A cambio, me perdí en el sentimiento vago de querer pasar desapercibido, de no pertenecer ni un segundo más a este mundo incauto. Me encarné en el edredón para sentir sobre mi pecho el ambiente familiar ficticio que generaban mis muebles, mi ropa, y por un segundo olvidé la puerta, el reloj y la incómoda ventana abierta. Tenía una cita a las doce en punto en el centro y no quería llegar tarde; era un negocio que me permitiría partir lejos y abandonar esta vida de roedor malsano de una vez por todas. Decidí esperar a que desistieran en su afán de despertarme, pero sus llamados se intensificaron al grado de arrebatarme de mis reflexiones. Observé el reloj y grité:

    —¡Voy!

¿Cuántos pensamientos pueden atravesar la cabeza de un hombre que por la mañana decide levantarse y continuar con su vida interrumpida por una visita inesperada? ¿Cuánta oscuridad puede haber entre esta maraña de desequilibrios mentales y estos abismos que nos persiguen cuando hay peligro? Crucé el umbral entre mi cama y la puerta, y lo juro: toda mi vida rodó por mi mente como una llanta quemada, desde el primer momento crucial hasta el más insignificante.
    Escuché un cuchicheo, algo así como: baja la voz, escucha, ya viene. No alcanzaba a escuchar bien, pero la escena me parecía tan cómica como intrigante; me daba la impresión de que estaban ahí para darme una sorpresa. Observé nuevamente el reloj: apenas habían pasado diez minutos. Diez insignificantes minutos para decidirme a abrir. Mi asombro no fue menor cuando, al girar la chapa, el cañón de un revólver apuntaba directo a mi cabeza.
    Retrocedí instantáneamente. No sé por qué no reaccioné como en las películas policiacas, donde el héroe hace uso de artes marciales y toma ventaja de la debilidad de su oponente: lo desarma, le da su merecido y lo deja desarmado en el suelo. En cambio, me eché para atrás y dejé que mi díscola imaginación se evaporara para volver a esta realidad paradigmática: mi oponente apuntaba con un revólver directamente a mi frente y, por su mirada suspicaz, supuse que no jugaba.
    Por mi mente desfiló la pregunta ingenua: ¿a quién, en pleno siglo XXI, se le ocurre matar a alguien con un revólver? Existen armas mucho mejores. Sin embargo, con un solo disparo mi cráneo volaría en mil pedazos y lo único que daría muestras verosímiles de cómo sucedieron las cosas serían mis sesos tapizando las paredes con ese líquido rojo que determina la vida. Fue entonces cuando, costosamente, articulé la pregunta:

    —¿En qué les puedo ayudar, muchachos?

    Se miran el uno al otro y se sonríen maquiavélicamente. Me inspiraban miedo, pero en el fondo me parecían tan absurdos que pensé en preguntarles si querían pasar a desayunar. Sin embargo, uno de ellos, al asomarse al pasillo, me sacó de mis cavilaciones mientras el que me apuntaba me entregaba un papel extraño. Lo desdoblé con astucia y lo leí detenidamente.
    Aunque no viene al caso citar lo escrito, baste decir que estaba a punto de morir.
    La caligrafía era repulsiva y las faltas de ortografía resaltaban de tal manera que, siendo yo un ingenuo analfabeta con tan sólo la primaria y secundaria cursadas, me producían un maléfico horror. Inmediatamente me di cuenta de que mi aniquilador era un completo ignorante; un lerdo de pacotilla jugando al asesino serial. Este recado me recordó las cartas de amor de la secundaria, cuyas posdatas siempre servían para disculparse por la ortografía. Quise compartir mi observación para romper el hielo, pero el asesino que tenía enfrente era un profesional y difícilmente reiría antes de matar a alguien.

    —No, pues ya sabes de qué se trata. ¿Dónde la tienes?

    Quise gritarle: de qué madres hablas, pero tragué saliva mientras observaba de un lado a otro esperando el momento oportuno. Rápidamente ideé un plan: primero le azotaría un golpe seco en la mano al tiempo que le asestaría otro en la boca del estómago; eso me daría el tiempo suficiente para lanzarme al armario y alcanzar el bate. Quizás habría disparos, pero de esos nerviosos que no atinan a nada.

    —¿Dónde la tienes? No tenemos tu tiempo.

    Recalcó al tiempo en que se abalanza decidido a tomarme del cuello. En ese intervalo le lanzo el mejor golpe de mi vida a su muñeca y logro zafarle la pistola. «Pinche pendejo», alcanzo a pensar en voz alta al tiempo en que le asesto un derechazo en el estómago. No logro creerlo, parece una película de acción. Sorprendido por mi rapidez, el tipo de afuera se incorpora, pero reacciona tarde. Cierro la puerta, le pongo seguro y la atranco. Tomo lo primero que tengo a la mano, un jarrón de porcelana, y se lo azoto al oponente en la cabeza. El tipo es bajito y un poco escuálido; lo que lo hacía ver intimidante era el revólver.
    Corro hacia la ventana mientras el de afuera busca la manera de entrar. Salgo y echo un vistazo; las alturas me dan vértigo. El balcón del vecino no está tan lejos, me armo de valor y logro apoyarme de la estructura de soporte. El edificio consta de diez pisos y me encuentro en el cuarto, a punto de caer directo al pavimento.
    Afortunadamente la ventana del vecino de al lado está abierta y logro colarme. Se trata de una mujer que despierta exaltada y me pregunta qué hago ahí. Le digo que baje la voz: «afuera hay unos matones haciendo su trabajo». Se calla, perpleja. Me acerco a la puerta y echo un vistazo por el picaporte: logro verlos en el pasillo, uno de ellos con la frente sangrando. Me vuelvo hacia la mujer y, haciéndole señas, la pongo al tanto. Permanece en silencio.
    Cuando vuelvo a asomarme al picaporte, los nervios me traicionan y doy un salto al escuchar un estruendo. El tipo revienta la puerta, que me golpea fuertemente tirándome al suelo. Descarga cuatro disparos contra la mujer, que grita mientras se desvanece en sus propios sollozos. Inmediatamente, con una voz gruesa y encolerizada, me sentencia:

    —Eres una mierdita con suerte, pendejete.

Y es lo último que alcanzo a escuchar. Las balas atraviesan mi cuerpo y la sangre, la sangre, la sangre me hierve de…
                                                                                …frío desde este otro lado.

Copyright © Todos los Derechos Reservados.

Comentarios

Entradas populares