La banda

El día en que Mykola Kolisnyk se suicidó le tocaba trabajar en el turno de las seis quince a doce y media. Esa madrugada la viuda había telefoneado para anunciar la desgracia. Para cuando los trabajadores se reunieron en el área de planeación, el jefe tenía ya lista la noticia. ¡Qué desgracia! Comentaron algunas compañeras. En cambio, Vicente Becker lo maldijo, porque lo mandaron a suplirlo en el área de la banda. Ese lunes comenzaba con la tercera semana consecutiva que lo mandaban a ahí. No tenía nada de ganas de incorporarse en ese contingente. Habría querido hablar por la mañana y decir que se encontraba enfermo. Se preguntó por qué no lo mandaban al área de las secadoras. Ahí se pasaba el tiempo más deprisa, o como dirían los alemanes, “weil die Zeit dort schnell vergeht”. Fue a la máquina de agua y llenó su recipiente. Inmediatamente se dirigió a la banda pasando al lado de las secadoras, saludando a los demás compañeros que se encontraban en sus departamentos correspondientes.

    Los lunes ponían a siete trabajadores, seis detrás de la banda y uno que trasladaba los carritos llenos de ropa al departamento para guindar y al de las máquinas secadoras. La banda medía unos nueve metros de largo. Una pletina de unos treinta centímetros de alto evitaba que la ropa cayera a los carritos. Colocaban estos últimos de manera horizontal e iban formados uno al lado del otro a lo largo de los nueve metros, siempre detrás de su respectivo letrero que indicaba qué ropa debían lanzar en ellos, y se encontraban ordenados de la siguiente manera: Bettbezüge, Haubenlaken, Frottee Gross, Tragbarentuch, Bettücher, Unterlagen, Patientenhemde, Schutzmantel weiss, Bettbezüge, Haubenlaken, Frottee Klein, Kissenbezüge, Allgemaines Allerlei, TWS, Schutzbekleidung y Waschlappen. Parte del trabajo consistía en memorizar los nombres. Pero Becker no tardó mucho en familiarizarse. Unos cuántos cursos de alemán le bastaron para asimilar el idioma de su abuelo. Aunque no lo dominaba a la perfección, sabía que lo necesitaba si quería llegar lejos en este país. El trabajo en la lavandería era sólo un apoyo mientras lograba integrarse y entrar a la universidad.

    En un cuarto contiguo a la banda se encontraban las máquinas de secado. Eran seis en total. Las primeras cuatro dejaban caer la ropa sobre la banda número 1, las quinta y sexta máquinas, sobre la banda número 2. Una tercera banda, que en realidad era una rampa, ascendía la ropa a unos dos metros de altura y luego la dejaba caer sobre la banda de clasificado. Justo a lado de la banda 3 se encontraba Jens, que esa mañana era el encargado de programar las bandas 1, 2 y 3 desde una computadora. Este trabajo, normalmente lo hacía Mykola, quien era muy ágil a pesar de sus casi sesenta años. La labor de esta área consistía en desatascar las bandas o la ropa y estar al pendiente por si surgía cualquier problema.

    Al trabajador encargado le seguían otros cinco o cuatro trabajadores dependiendo del día, a quienes correspondía clasificar la ropa. Jens se encontraba dirigiendo el trabajo. Gritaba “auf” y al otro extremo de la banda, Gjergj se encargaba de quitar el bulto de tela que obstruía al censor, que echaba a andar la banda. Al dejar libre el censor, la banda tres junto con la banda de clasificado se activaban juntas. La banda tres arrojaba un nudo de ropa que Jens se encargaba de desenredar.

    -¡Maldita sea! ¡esto está muy enredado! -exclamó-. ¡Scheisse!, da igual -maldecía mientras aventaba la ropa, casi desenredada sobre la banda. De inmediato gritó-: ¡Stop! -y Gjergj colocó el trapo en el censor, y las bandas tres y de clasificado se detuvieron inmediatamente.

    Nadie comentó nada. En silencio, Becker y el resto atacaron la ropa separando piezas: “Frottee Klein” de “Haubenlaken”, “Servilleten” y “Kissenbezügen”, que por estar en ese lugar, era la ropa que le tocaba clasificar. El encargado junto con otros dos clasificaban piezas grandes: “Frottee Gross”, “Haubenlaken”, “Bettbezügen”, “Patientenhemde” y las piezas correspondientes al “Bettenwerb”.

    Una vez terminada la tarea, Jens gritó nuevamente “auf”, Gjergj retiró el trapo del censor y las bandas tres y la de clasificado se activaron nuevamente; la ropa descendió esta vez pieza tras pieza. A veces la ropa venía lista. No había que desenredar nada, y sola caía sobre la banda de clasificado facilitando la labor del responsable del área. Jens distribuyó la ropa y la banda avanzó hasta que gritó “stop”, y cada uno tenía un bulto de ropa ante sí, lista para ser clasificada. Los trabajadores la separaron rápidamente y al final quedaron algunas piezas pequeñas. Gjergj retiró el trapo del censor y dejó avanzar la banda lentamente, como si se tratase de una extensión de su brazo. La detenía al llegar al lugar donde se encontraba el personal que debía echarlas a sus respectivos carritos. Giergj era el único que sabía cómo hacerlo, y al único que dejaban hacerlo. De pronto silbaba “Mack the knife” de Louis Armstrong y Becker la reconocía al instante. Cuando Giergj dejaba de silbarla a veces Becker comenzaba a cantarla. A Giergj le causaba mucha gracia y continuaba silbando.

    Becker, sin embargo, se preguntaba cuándo iba a acabar. Debe ser mucho para un ser humano, levantarse cada mañana a las 5:35 a.m., prepararse un café, servirse un pan, intentar despertar. Aferrarse a despertar. Llegar puntualmente. En los intervalos echaba un vistazo al reloj, pero parecía no moverse. Desde su anterior trabajo de ayudante de eventos, conciertos y fiestecillas de pueblo, había inventado una forma de enfrentarlo. Siempre imaginaba que su trabajo era lo más agradable del mundo e intentaba disfrutarlo. Las cosas que se disfrutan pasan rápido y a penas las sentimos, pensaba mientras echaba en el carrito una toalla de mano. Muchas veces se enfrascaba en estos pensamientos que no ayudaban en nada. Sentía que el tiempo avanzaba y que al volver su vista al reloj, ya habrían pasado tres horas. Sólo habían pasado diez minutos.

    La banda 3 solía activarse sola, cada vez que una carga caía sobre las bandas 1 o 2. Podrían estar clasificando ropa y de pronto escuchar la banda 3 activarse de la nada. A veces se movía una o dos veces durante el procedimiento de clasificado. La ropa salía de una secadora, la banda 1 o 2 recibía la carga y la proporcionaban a la banda tres que alistaba la carga para la siguiente clasificación. Jens gritó nuevamente “auf”, y Gjergj retiró el trapo y la banda de clasificado y la tres se activaron inmediatamente.

    Becker pensó que al menos no se encontraba en la situación del que empujaba los carritos. Las cargas de ropa salían una detrás de las otras y apenas quedaba tiempo para detenerse a pensar. Con Mykola no pasaría esto. Mykola solía esperar entre una carga y la otra unos segundos para respirar. Los bultos de ropa caían seguidos unos de otros y los carritos se llenaban rápidamente. A veces Becker saltaba del otro lado de la banda a aplastar la ropa y ayudar a sacar carritos que entregaba al encargado de empujarlos. Le pasó uno lleno de toallas chicas y Memo, el algeriano, se lo llevó y en seguida le empujó uno vacío. Becker lo recibió y metió entre los carritos de Kissenbezüge y Allgemaines Allerlei. Una vez que los carritos se encontraban decentemente vacíos, Becker volvía a su lugar y continuaba clasificando la ropa correspondiente.

    Se detuvieron a las ocho y cuarto para ir a la pausa. Jens gritó: “aufräumen” y los siete elementos de esa área de trabajo procedieron a retirar los carritos. Trajeron otros carros de rejas y los acomodaron en sus respectivos lugares al lado de la banda. Dentro de quince minutos llegaría el material de limpieza, y dos trabajadores se encargarían de meter todo el material a los carros de rejas. Los demás fueron a pausa de ocho y media a nueve.

    Becker se dirigió al cuarto donde se cambiaba de ropa y tomaba el lonche. Ahí desayunó escuchando “Sal a caminar” de Antidoping. Las notas tan tranquilas lo transportaban a su viejo Veracruz. Recordaba cómo se sentaba en el malecón y desde ahí miraba el Castillo de San Juan de Ulúa y veía caer la tarde sobre los barcos anclados. Recordaba también aquella tarde de fines de verano en que su madre le daría en sus manos un retrato de ella con su padre en el atrio de la parroquia del pueblo donde se casaron. Ahí le hizo prometerle estudiar una carrera, aprender el idioma de sus abuelos, buscar a la familia, hacerse de un futuro. Becker recordaba el beso que le plantó su madre en la frente despidiéndolo en la terminal del ADO en su trayecto del puerto de Veracruz a la ciudad de México hace siete años. La próxima semana se cumplían siete años desde que había partido de México. Durante media hora transcurría esa película de antaño.

    Cuando volvieron al trabajo, Jens se encontraba ya en su sitio. ¿Por qué no tomaba el mando alguien más? Se preguntó Becker. El equipo estaba listo. “Auf”, gritó Jens, y las bandas se movieron nuevamente y la ropa volvió a caer sobre la banda de clasificado. Esta vez la banda tres se detuvo repentinamente. A veces pasaba y había que pulsar con la rodilla una palanca.

    -¡Qué, mierda! ¡Gjergj! No hay que dormirse, ahora tengo que reprogramar la banda tres -reclamó Jens, que golpeó la banda y condenando con una negación programó la banda tres para desatascarla.

    Cayó un nudo de ropa que le fue difícil desenredar, aun con la ayuda del compañero a su lado. Debe ser su karma, pensó Becker. Jens dejó la ropa irse y gritó: “da igual”, y los demás procedieron a separarla. Jens continuó echando maldiciones mientras la mañana avanzaba. Becker miró el reloj e intentó relajarse, repitiendo la canción que silbaba Gjergj: “por eso te odio/ por eso te quiero/con toda la fuerza/ de mi corazón”. Algún compañero, también mexicano, se la habría enseñado.

    -Auf -gritó Jens y Gjergj dejó libre el censor. La banda tres y la de clasificado se activaron de nuevo y la ropa cayó entre el “Scheisse!” y el “Voll Idiot!” que Jens exclamaba. Los demás clasificaron esta vez más rápido. Gjergj dejó libre el censor en espera de la próxima carga de ropa. Jens se recargó en la banda. Esperaba a que la banda tres se pusiera en marcha. Al lado de Becker se encontraban Emmanuel y Adib. Emmanuel era un profesional. Becker estaba convencido de que este señor habría de pasar su vida entera en esta lavandería. Parecía que había sido siempre así. Era un experto en hacerles la vida imposible a los ayudantes que venían dos o tres veces por semana. En su mayoría se trataba de estudiantes que tenían un trabajo alterno para sostener sus estudios. En una ocasión Emmanuel objetó que estaba cansado de la gente nueva, que así no podía trabajar. Mykola, que se entonces se encontraba a lado suyo, le dijo en voz baja que ya se callara, que cualquiera podía hacer las cosas, incluso, mejor que Emmanuel.

    Apenas reanudaron el trabajo, los carritos se encontraban llenos. Emmanuel miró sentencioso a Adib y le grito:

    -¿Qué no ves que están llenos los carritos? Anda, ve y ayuda.

    Adib se precipitó al otro lado de la banda. Aplastó la ropa y le preguntó a Memo qué carritos había que retirar, a lo que Emmanuel repuso:

    -¿Qué no ves que ese de las toallas y el de las sábanas están llenos? No sé por qué vienen de ayudantes si sólo retrasan el trabajo.

    Adib, que apenas entendía alemán, sacó el carrito de las toallas y se dispuso a llevarla al área de las secadoras. Pero Emmanuel repuso:

    -Antes de sacar un carrito tienes que tener listo uno vacío. Eres muy malo ayudando.

    Becker intentó ir a ayudar, pero Emmanuel lo detuvo y le dijo que ese era el trabajo para los ayudantes, que él debía permanecer de este lado de la banda.

    Giergj, en cambio, echó una mirada al trabajador encargado de la banda para observar que en la banda uno había quedado ropa y por eso no avanzaba la tres. Jens reclamó que esa máquina estaba mal.

    -Jens, calmado -dijo Emmanuel.

    -¿Quieres dirigir tú?

    -No, no, sólo ve al programa en la computadora y selecciona la banda dos para que avance.

    -¡Esto es una mierda!- reclamó Jens. Programó la banda dos y, en efecto, al caer la ropa a la banda tres, una secadora se abrió y dejó salir la entrega de ropa.

    -¡Cómo demonios iba a saberlo! Maldita máquina, no funciona correctamente -sentenció Jens.

    Al otro lado Gjergj continuaba silbando la misma melodía de Armstrong.

    Ese lunes estuvieron listos temprano. Tenían veinticinco minutos para hacer otra cosa. Becker fue al baño a perder unos diez minutos, y después alcanzó a Gjergj en el área de las mesas para doblar toallas.

    Al finalizar la jornada Becker se cambió rápido, bajó las escaleras escapando de lo incierto, tomó su bicicleta y se fue a casa. Al llegar se recostó en el sillón y antes de dormir recordó lo que solía decir su madre, que sólo al morir se va uno a descansar para la eternidad. Luego cerró los ojos y durmió profundamente.

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