12/11/12

Tacumba


Tacumba
I
Muchos piensan que se trata de un pueblo abandonado; otros, de una hacienda construida por un tal don José Julián Rivera, pero en la memoria de los menos, habita la idea de que Tacumba no se trata ni de un pueblo abandonado, ni tampoco de una hacienda en ruinas. Que son los recuerdos de los viejos que cada día, al salir un sol nuevo en la aurora, reafirman su ritual cotidiano: existir.
         Imaginemos que es un pueblo abandonado, cuyo espacio geográfico no recuerdo, pero, sin duda, está en algún lugar de Veracruz. Que es un pueblo alegre; bueno, digamos su gente, la poca gente que queda en esas ruinas, porque hemos dicho que está abandonado. Y la duda resalta en el aire: ¿abandonado por quién?
Si es así, si realmente se trata de un pueblo, entonces debió haber haciendas, construcciones alzadas a granel por el colonialista. Casas de adobe en las periferias, rostros con olor a hambre en las calles, fondas para los jornaleros, qué se yo. Digamos que, como todo pueblo, tiene un parque central. A su costado, como comúnmente se registra en los pueblos pintorescos, alza sus torres una iglesia cuya altura toca la omnipotencia del cielo y que, seguramente, ha sido escenario de combates u de otro tipo de calamidades como, por ejemplo, las interrupciones de un temblor, la imprevista visita del tiempo que desmorona las paredes, que las rasga como un loco empedernido que se lleva todo a su paso. Al otro costado, de ornamentos seculares y monótonos, el Palacio Municipal, desde donde se vigila al pueblo. Las calles deben ser empedradas y estrechas, porque este pueblo data del tiempo de la colonia. Sus banquetas nos deben recordar vestigios de farolas en una noche bohemia de serenata. La guadaña en el monte, que precede la travesía de la muerte y de la vida como una dualidad incomprensible, nos debe recordar el silencio de una piedra; la luciérnaga, que canta en la noctambularia levedad de las cosas, a algún olor de la infancia; la incierta llanura de terciopelo, a una cantina en los páramos del recuerdo; el árbol sin nombre, al ruido de la tarde en el ocaso fruncido del cielo; la sinfonía de los pájaros, cuyo título quedó en manos de alguna pareja furtiva, a los almohadones de la tierra. Todo, todo lo que forma parte de Tacumba, si el nombre nos evoca tiempos y gentes, aquí habita, aquí existe, y descubre en sus últimos pueblerinos que el abandono no es la falta de gente, sino la falta de proyección de existencia en otros lugares con sus gentes y sus circunstancias. 

II
Se me antoja decir que este pueblo vivió la revolución, que millares de soldados entraron y su paso dejó una sequía en su población. Que, de la nada —como suele pasar en los cuentos mitológicos, donde se confía la desprotegida existencia del hombre a manos de las hadas—, se convirtió en un pueblo desolado, invadido de una epidemia de abandono. Pero que los pocos hombres que quedaron fueron suficientes para sostenerlo, pues ven, con la luz de unos ojos de niñez interrumpida, el recuerdo en sus memorias de lo que debió haber sido Tacumba cuando adultos; cuando niños, se les antojaban los ríos y las montañas que lo rodeaban (supongo que estaba rodeado de montañas y una vegetación rica y abundante). Se les antojaba un papalote volando en la lejanía del viento surcando las alturas de Tacumba, podando los precipicios del aire. Una dilatada tarde de juegos en los campos o en las fincas.
         A veces me da por imaginar que Tacumba en realidad no es sino lo que sembramos en nuestra memoria de niños, un pensamiento póstumo y oportuno. De algún modo sus habitantes lo reinventan en sus memorias, pero como algo que es abstracto, lejos de una realidad inmediata y concreta. Hacen de Tacumba un lugar habitable y ceremonioso.  
         Y aquí está, aquí existe. Tacumba sembrado de olor a café.

9/11/12

Memorias del viaje


Memorias del viaje
OberKirch, Deutschland
I
No quisiera parecer un pesimista, pero al café que tomo esta mañana le hace falta azúcar, y a estas alturas prepararme un té me parece tan superficial, como la atmósfera que se torna triste y de un color otoñal. Echo un vistazo por la ventana y afuera los árboles se están secando. Las hojas vuelan de un lado a otro y me sirven para rememorar los momentos importantes de este viaje. Les hago un espacio en mi memoria y me adueño de ellos tomándolos del pelo y aprisionándolos en los subsuelos más hospitalarios de mi memoria. Ahí los combato y les hago frente ante la barbarie de mis cinismos internos. Los doblego poco a poco y los plasmo en la hoja sin ver realmente el contenido hasta que obtengo el resultado de mis recuerdos ya frente a mí.  
         Al pensar que regreso, me surge una incrédula pregunta: ¿a dónde? Pensar que se regresa siempre conlleva a muchas preguntas falsas, deterioradas por la edad y los apegos. No tengo a dónde regresar puesto que los límites de mi cordura allanan con mella mis tormentos pragmáticos. Comunidades enteras de pensamientos forman la legión de la tarde en mi mente. Conmemoro mis decisiones y entablo una plática sincera con la gata que ronronea sus recuerdos. A mi lado los periódicos empolvados ya no predicarán sus portavoces; “Nichts Neues” reza el tabloide en grandes letras verdes. Por la mañana reímos un poco ante este descubrimiento.
         Hago memoria y de entre estos escombros luminosos se asoman varios rostros prensados a los lugares que visité, pero me limito simplemente a observarlos. Les dedico una sonrisa y bebo un sorbo del arruinado café de la mañana. No tener a donde ir es lo más sensato que me he dicho últimamente; sobre todo porque al pensar que todo mundo regresa y se moldea a la idea de los trechos surcados en su aparatosa memoria, sólo sirven para invocar nuevas rutas, que los moverán a sus desesperados destinos. Le echo otro vistazo al diario y evoco otros momentos desolados. Los que me permitieron reconocerme en la esencia de una humanidad dividida por idiosincrasias, creencias, límites territoriales, y todo ese festival de jurisdicciones que nos separan a unos y otros, y me digo que a ningún lado voy porque en el lugar donde me encuentre es el lugar indicado para mí.

2/11/12

tu presencia

tu presencia



1)
tu presencia es mi presencia
que cabalga sueños ignotos
que entre selvas de plasmas se pierde
y retorna por senderos oculares
a la vista perpetua de lo imaginario

tu presencia es mi presencia y
se disuelve con círculos centrífugos
hacia la tarde bifurcada de mis ojos

mi presencia aturdida es tu alteridad
apariencia roedora de lo que parece ser
fotografía y ensamble de cada momento
catálogo y catarsis de tu misma catarsis
analogía descalza que se mofa de sí misma

y tu presencia palpita, 
es otredad
esencial
en los extractos 
del mundo

2)
tú, la modulación
de todo en cuanto existe 
y adopta tu ser

tú, el instante del instante
el sector de las reminiscencias; 
permeas y ensamblas
presencia y frecuencia : frecuencia y línea
y de eso
agua 
sólo agua en tus ojos
espirales y rutas incandescentes,
replegadas, 
doblegadas por el aire

3)
me disperso en tus muslos
voy rumbo a la mansión etérea
soy el contemplador de tu quietud
soy agua en tus senos

cuna, tus cejas

resplandor 

       tus senos,       figuras de ébano
de olor a incienso         confín y laberinto
mis contemplaciones se perdieron
rumbo a la oscuridad.
ahora puedo desplegarme
en tu fuego 
y nadie lo detendrá 

nuestros cuerpos son un mosaico de las vibraciones
de la vida, del pulso de las aves, del pulso del mar,
te enredo entre mis pestañas y acudes a mis ojos
en el momento exacto de la metamorfosis

nuestros momentos son un extracto
de nuestra presencia en el tiempo,
nuestros cuerpos 
nuestros cuerpos
un compendio de la humanidad.


San Cristóbal de las Casas, Chiapas. 2012

1/11/12

Estación del sueño





ESTACIÓN DEL SUEÑO
                             I
La pantera en la noche
se desata como un monstruo
que nos devora los sueños.
Por eso vengo a convocar al viento
a que pase su última noche
con los leopardos,
a que se una a nuestras embotelladas
voces.  
Las veces que he vivido rondando al tiempo
en algunos lugares del clima,
en ocasiones le he pedido al espejo
que no se duerma
porque todavía hay cosas por reflejar. 

22/10/12

Dosis de lo mismo para llevar

Dosis de lo mismo para llevar


Una mañana cualquiera, pero de lluvia, me di a la tarea de comprar una caja para enviar por paquetería unos instrumentos de son jarocho. La tarea fue difícil pero amena, gracias a que con un amigo elaborábamos una metáfora perfecta de la democracia mexicana, aunque en realidad la ilustró una situación igual de burda, como las situaciones que se prestan para poder obtener el resultado perfecto de una democracia fallida.
         Mi total desconocimiento de la ciudad me obligó a pedirle ayuda a mi voluntarioso amigo que me acompañó a todas partes a pesar del hambre que nos doblegaba a ratos. Una vez que tuve la caja en manos le pregunté: ¿qué prefieres: ir a buscar comida y luego vamos a tu casa a envolver los instrumentos ó vamos a envolver los instrumentos, los enviamos y después buscamos algo de comer? Su mirada generosa me daba una respuesta contundente, pero sus expresiones la reprimieron cuando articuló sin tantos miramientos su intempestiva pregunta: ¿tú qué propones? Y sin pensarlo dos veces le contesté: que vayamos a tu casa, envolvamos los instrumentos, vayamos al correo postal, los enviemos y terminemos de una vez con esto para comer tranquilamente. Sin mostrar asombro alguno me dijo: si quieres enviar los instrumentos ahora y después comer, ¿por qué pides mi opinión?, a lo que contesté a manera de disculpa y en un tono dubitativo: porque ¿así funciona la democracia?
         Esta respuesta fue muy a la mexicana, y la reacción de mi amigo fue a la altura de un delicado y soberano humorista: ¡ah! La democracia mexicana. Y justamente su acusación me asestó un golpe bajo, pero contundente y preciso. No nos debe sorprender que así funcionen las cosas en el país, hacernos creer que en realidad nuestra opinión cuenta es parte del cinismo de esta institución. La ilusión de sentirnos parte de un país construido con sangre derramada, me hace pensar en lo lejos que estamos de entender los procesos democráticos puesto que para la democracia debemos estar ilustrados, no sólo sentir que la aplicamos en un contexto ridículo, sino tener la información necesaria y estar conscientes de que para que se viva una democracia debe uno ser responsable y sobre todo, aceptar esta responsabilidad, según mi opinión, habrá quien tenga otros lúcidos comentarios a esta burda situación.

Una vez le comentaba a un amigo que deberíamos apoderarnos de los medios sin profundizar mucho en política, pues la política es el terreno en donde nos están dominando, pues piense o externe uno sus puntos de vista, la política funciona igual de ambigua como el pensamiento de los políticos mexicanos, y por ende pisamos terrenos tenebrosos y desconocidos. Entonces le decía que deberíamos hacer como siempre se ha hecho con la cultura, abordar la situación con un movimiento contra-cultural. Un ejemplo claro es el son jarocho, el blues, el jazz, etc., que son movimientos contra-culturales que surgieron en un momento de la historia y hasta hoy en día siguen vigentes. En su momento era una protesta, era la consigna contestataria de los grupos disidentes y generalmente olvidados o marginados en el tiempo en que les tocó vivir, pero creo que jamás imaginaron que su movimiento cultural habría de atravesar fronteras y habría de sobrevivir los peores momentos.
         El problema inmediato es que el sistema siempre succiona estos movimientos, los absorbe y después nos los vende en sus changarros siniestros. Pero las proclamas persisten a pesar de los tiempos, y estos mismos sucesos importantes deben ser los que nos inspiren a crear nuevas tendencias contra-culturales que se adapten más a las necesidades del pueblo que a las necesidades intelectuales de los burocráticos, o la cultura que nos implanta el sistema.

La mañana avanza y después de dejar los instrumentos en el correo postal, me digo que siempre hay tiempo para vivir el momento, y que pase lo que pase, siempre estamos en el camino. Habrá momentos difíciles, pero para ello deben persistir los momentos que nos llenan de vida y nos inspiran. Hay tanto por hacer en el país. Sin embargo, esta sonrisa desdeñosa que celebra otro día más, no será la misma cuando me halle lejos y desde donde esté alcance a escuchar los gritos desesperados de mi país, mucho menos cuando yo mismo me pienso educado en esta cultura. El resultado: soy parte de lo mismo pero en distinto contexto. Mi menesteroso amigo es culpable de mi auto-crítica, le invito la comida e intento reparar los daños que pudieron causar mella en su nerviosa personalidad. Le digo que de hoy en adelante intentaré resolver mis problemas psicológicos, y a ver si logro algo para ser más democrático con mis amigos. 
Galway, Ireland.