9/11/13

ficción

ficción

toda esta realidad, 
cargada
de personajes
máscaras 
o alebrijes,
forma parte de esta ficción
cualquier parentesco 
con acontecimientos 
en proceso
personas
o lugares
reales
es porque 
todos se copiaron

22/10/13

Movimiento musical en San Cristóbal de las Casas/ catálogo de Superstars

Cómo profanar pedestales
sin provocar la cólera de los dioses


“Me informan que hay gente
que cree salvar el mundo en facebook”
Darwin Petate


“Que ¿hay gente que cree salvar el mundo en facebook?” Sí, es verdad, de hecho uno de sus centros de operaciones es el Tierra Adentro, donde los activistas se juntan a echarle bola a las causas justas; otros, los menos afortunados, los que no tuvieron para comprarse una Lap, se quedan en sus casas a echarse una chela o van al Revolución, que es el único contacto que tendrán con los héroes revolucionarios que cuelgan en las paredes para adornar la atmósfera libertaria, y por si eso fuera poco, les encanta escuchar los discursos trillados del Manik, masturbaciones mentales en las que él salva al mundo cantando el "Somos del maíz", atreviéndose a anunciarnos que "él fue a la Revolución a luchar por el derecho".


Este último verso pertenece a una décima de Arcadio Hidalgo. Ahora, cuando lo escucho, no puedo evitar una diarreica carcajada, porque me hace pensar en lo ridícula que es la condición humana. ¿Por qué nos encanta poner de relieve a los gurús de las causas sociales, a los ejemplos a seguir, a los portavoces del pueblo?

Corría el eufórico año del dosmilseis, cuando llegué por primera vez a San Cristóbal de las Casas, y entre las celebridades de la parafernalia pueblerina conocí a Manik B, un músico, que ya por aquellos ayeres se sentía el portador de la Voz colectiva de los pueblos. Ah y también se mostró interesado en el Son Jarocho. Su propuesta musical (o la que hacían sus músicos), era melosa con un ritmo cadencioso que, sin embargo, invita a bailar.



Entre mis pertenencias cargaba yo un libro de las décimas de Arcadio Hidalgo, que no sé por qué chingados se lo presté. Al cabo de unos días, nos entrevistamos nuevamente. El tipo estaba emocionado porque había escrito unos versos acerca de la décima, que a continuación les comparto: yo fui a la revolución / a luchar por el derecho / de sentir sobre mi pecho / una gran satisfacción, / mas hoy vivo en un rincón / gritándole a mi amargura, / pero con la fe segura / y anunciándole al destino: / que es el hombre campesino / nuestra esperanza futura. Casi, casi se orgasmeaba recitándola, pero aún más mientras escuchaba “Luna negra” de los Cojolites. Más tarde me pidió hacer un arreglo a este “son” para presentarle a sus fans su capacidad e interés social, y la tocamos un par de ocasiones. Como no quiso meterse en problemas por cuestiones de derecho de autor, terminó grabando este verso en su canción, que todo mundo conoce: “Somos del maíz”.
La intención por difundir e interesarse en el son jarocho, desde luego que es buena. Pero uno no puede esperarse más de alguien a quien todo mundo idolatra como una figura central en el movimiento musical de San Cristóbal de las Casas, cuando existieron y existen mejores propuestas musicales. No querría tampoco restar importancia a su labor musical, sólo a la social, y como en esta ocasión quiero fungir como el Lucas Lucatero de esta historia, pretendo desmitificar y humanizar a este ídolo, o gurú social de los movimientos independentistas.
Me pregunto ¿a qué hora fue a la revolución?, ¿de qué derechos habla, si en el fondo uno puede esperar de él lo que se espera de alguien más: el interés privado?  Basta con las acciones de las que fui testigo en mi corta estancia en San Cristóbal de las Casas.
1.- una vez me ofreció –y mejor dicho-, me mandó a ofrecer con uno de sus súbditos, participar en una gira de un mes. Creo que debía sentirme alagado por recorrer medio México sólo para tocar Luna Negra y Somos del maíz, por una raquítica paga, y –lo mejor de todo-, el prestigio de tocar con el Soy-otro-tú. Seguramente nunca encontraría en mi vida un proyecto que me ofreciera darle la vuelta al mundo, o al menos ir a tocar a otros pueblos, y me urgía desesperadamente dejarme explotar a lo guey como para acceder a una benévola ración del pastel.
2.- cuando sus ex-integrantes se mudaron al proyecto Tacumba, nos ofreció una gira en europa y entusiasmado me pidió que lo invitara a tocar en el grupo. Me pintó un plan de contingencia para los días de crisis, pero en toda su chaqueta mental el protagonista era él, y nosotros, sus humildes servidores, que en el lenguaje popular significa: invitados. Una de mis propuestas para el nombre del grupo fue: Soy-otro-yo y los Tacumba.
3.- en una de mis borracheras se me ocurrió tomarme una chela con un compa que compartía casa con Manik, el omnipresente, que al cabo de un rato me pregunta que “¿qué pienso de Jaime Sabines?”, “¿de Jaime Sabines?, pues qué se puede pensar de alguien que nos es indiferente – y como quería sentirme un hipster le remato: además no leo a autores populares, y por cierto ¿ya leíste a Efraín Huerta?”, “no, ¿quién es ese?”, “¿no conoces a Efraín Huerta? Pues, ¿en qué mundo vives, chingao?, si te gusta la grilla y los actos revolucionarios, deberías saber que Efraín Huerta, bla, bla…”, “Ese Efraín Huerta escribía cuentos para niños, sus cuentos aparecían en los libros de primaria”, me dice en un tono de sereno convencimiento mientras contengo la rabia y el escepticismo y me digo a mi mismo: “¡serénate, serénate!”. ¡Tremenda brutalidad! Como asestar una daga contra un poeta que arriesgó su vida en los procesos de denuncia social. Pero ahí no termina la historia, arremetí echándole en cara su supuesto compromiso social, su presumido y narcisista discurso político en sus presentaciones. Un discurso falso y diseñado, que sólo se cree la gente a la que le encanta elevar a sus héroes al rango de dioses (esa gente que me recuerda a las sensuales viejas que acorralan al Lucas Lucatero, porque quieren obligarlo a atestiguar que su suegro, Anacleto Morones, es un santo). “Efraín Huerta fue poeta, guey. Además por qué la haces de a pedo si en los escenarios le tiras mierda a las trasnacionales, hablas de las luchas autónomas y que los derechos y la chingada, pero tomas coca cola.” Y es verdad, apenas unas semanas atrás llegué también a su casa y él se encontraba tomando una coca cola de dos litros: símbolo de su incongruencia. “Sí, pero tú tomas cerveza, también es de una trasnacional”, se atreve a refutar, pero mi guante blanco preparaba ya un gancho al hígado mientras observo: “Sí pendejo, pero no soy yo el que se sube a los escenarios a criticar a las trasnacionales y a sermonear con discursos trillados”. Al no encontrar un contra-argumento, se va de ahí, no sé si enojado, pero como ya estaba borracho, a penas y logro dibujar mi triunfo.
Al día siguiente todo mundo se entera de que soy un analfabeta de las letras porque no he leído a Jaime Sabines y que Efraín Huerta publicaba sus cuentos en la sesión para niños menores de diez años en los libros escolares durante la nostálgica y olvidada década de los ochenta. “No contaban con mi astucia”, recitaría el Chapulín colorado.



19/10/13

Páginas de exhibicionismo

Apología de acontecimientos pasados
I
Mi madre suele contar que ya desde antes de nacer me oponía a todo, y que nomás para llevar la contraria, nací una semana después de lo previsto por las profecías de los oráculos y adivinos a los que solía recurrir la gente de mil novecientos ochenta. Aunque me esperaban un treinta de junio, por algún vago motivo no quise, y/o no quería yo nacer. Pero por fin, una semana después a las veintitrés horas con quince minutos, el siete de julio de ese mismo año, me habrían de negar la residencia permanente en el vientre de mi madre, y a patadas me sacaron a este mundo insólito en el que ahora habito y del que en contra de mi voluntad formo parte, y al que me sigo oponiendo nomás por llevar la contraria.
  
II
Mi niñez transcurrió entre historias, mitos y leyendas, cuentos y caminatas en el campo; transcurrió como deben transcurrir los días del terso olor a café, a tierra mojada, a animales vespertinos y a humo de leña quemada en el fogón, en donde la abuela materna nos cocinaba sus famosos guisados con el sazón peculiar surgido de un cariño de abuela, y en donde solíamos tiznar bombones al ritmo del maullido de los gatos.
Durante los veranos cortábamos café, y disfrutábamos de una vida campirana con parloteos y comida que comíamos con las manos mojadas de la pulpa de los granos. Solíamos corretearnos en la finca. Los días me sabían a tierra y a lluvia: elementos suficientes para justificar que a temprana edad me sentí atraído por la música. Suficiente para justificar también mi primitiva personalidad: asceta y marginado ante los otros niños, que parecían entender mejor que yo cuál era su papel en la incuestionable historia de esta solemne sociedad.
III
A mis diez años, y con tremenda tos de nihilismo visceral, me mandaron de acólito a la iglesia, también en contra de mi voluntad. Fue un castigo bien merecido, y me lo merecía por andar invitando a chismosos, expiar a las vecinas. Los metiches de abolengo solían decir que era acólito, pero acólito del mismísimo diablo. Solía cambiar los salmos y recitar con epifanía y solemnidad Les Letanies du Satan para despertar la cólera de los fieles. Fue curiosidad. Sólo quería divertirme.
IV
¿Que cuáles fueron mis méritos en el alba de mi vida? Aprendí a tocar guitarra por mí mismo. Compré un método de los Beatles, esos de guitarra fácil, y dispuse aprenderme: Yellow Submarine para cantarla a mi padre para demostrarle que podría tocar guitarra sin su ayuda y la de nadie si me lo proponía. ¿Que esa actitud era digna de un arrogante narcisista? Qué importaba si a nadie le interesaba lo que pudiera lograr en la vida, ya que nunca pase de Oveja Negra, y la gente ya murmuraba que mi pelo largo era el contrato de un pacto con el diablo, y que de todos los pandilleros de barrio, que de todos los miembros de las bandas maléficas que se dedicaban a incautar y madrear gente, era yo uno de los más “gruexos”. Sí. Aprendí a tocar guitarra a los doce años y a los trece comencé a escribir mis primeras canciones, que no eran otra cosa que simples imitaciones del Ticket to ride o el Help de los Beatles; una traducción pretenciosa e improvisada. ¿Qué mi arrogancia crecía porque me creía mucho presumiendo mis letras como traducciones del Ticket to ride o el Help de los Beatles? Sólo eran ingenuos ensayos. Siempre me consideré el tipo al que todos gusta odiar, del que todos hablan y al que nadie invitaba a sus fiestas.
“Pero hay un Dios que todo lo ve”, solía recitar en el silencio de los campanarios.







Ciudad

Del poemario "danzas paganas"
                       ciudad
                                Marco Antonio Hernández Valdés
andamios
destrucción de la vista:
graffiteros épicos

los equinoccios
circulan en el pavimento
de niños llorando…

1

bajo el llanto de tu cielo
de tu aliento a tierra y a cereza
ordenas las cenizas de septiembre,
de noviembre en el trapecio,

tus nubes se pueblan de agua negra
aguas espaciales              subterráneas
que recorren tus caños

entre alcantarillas amamos
nos sentamos a contemplar la lluvia
enclave de las puestas
y aquí te amo
durante
las largas puestas de sol,
cloacas
de gusanos babosos embriagados
en los templos de tu plegaria
construidos con graffitis

bajo su dialéctica             entre tabacos destartalados
        años luz            hablas descompuestas

tu gente                   tu día descalzo
obedece a los semáforos
que deforman las esquinas

a cada alcantarilla
se asoman los ojos del desvelo

                          2
¿alcanzará tu crepúsculo para dilatar
el incandescente combustible,
su infringida anorexia?

columnas ancestrales y edificios devorados
por la grasa y la mugre
definen al reloj nocturno

nubes de plomo
se desplazan en la levadura
de la noche
iluminada por los fuegos
pirotécnicos

        4
¡oh Ciudad!
bajo tu manto
de aguas turbulentas
va mi funámbula mirada
cargada de siluetas
deshilvanadas
precedidas
por ángeles rotos
bañados de luces
y figuritas sonrientes
o chaquira

aquí establo de curiosidades  
reúnen al turista en el engaño
del corazón poblado de San Cristóbal

el sol viaja limpio ante su catedral
enredando su esperanza en los cables,
progresivas imágenes de desfile
tantean banquetas de piedra resbalosa

y bajo las balas de eléctrica tormenta
arrancadas al brío seboso
bajo su devastación que calcina
su licor horadado
su silencio colgando                              
                               colgante
como enredaderas
en los postes           en el aire
en su cielo roído por demonios
dementes por Cristos disfrazados
por poetas borrachos y profetas del presente
bajo tu lienzo  amada Ciudad        
andamos
amamos
besamos alacranes
nos encerramos
tras rejas a candado
nos embriagamos
—en fin,
cagamos—
querida
predilecta
ciudad de imán
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4/10/13

De Extrañas noticias de un pueblo sin memoria

De pronto la noche se torna hacia un costado de su lóbrego cinismo…
Marco Antonio Hernández Valdés
De pronto la noche se torna hacia un costado de su lóbrego cinismo, dosificado de tal manera que los espectadores sólo logran ligar un sentimiento pasajero que se esfuma en sus memorias como una marea doblegada al latido del mar. Pulsan los nervios. Avanzan las nubes. Toda una diarrea sempiterna se funde en las arterias de la noche. Un costado de la cama, el otro. De un lado o del otro, no importa, siempre uno busca la manera eficaz de invocar el sueño, pero afuera hay un escándalo; imposible entrar a esa diáfana morada en donde nuestros ojos conviven a gusto con imágenes y memorias de los que la imaginación finge empaparse. Aterrizan los pensamientos vagos. Algo dentro del corazón se detiene, avanza, su chirrido obsceno se percata de los latidos con pocos nervios. Los oídos permanecen atentos aunque para la empresa no es necesario tenerlos presentes. Un vistazo al diario de hoy. La gota que cae en el lavamanos y cuyo sonido se suma al de los grillos allá afuera. Ese sonido. Ese sonido. Acomodarse en la cabecera. Pensar en borregos. Escapar a la noche de los borregos. Nada. Simplemente nada.
   Braulio Cepeda levanta una mano. Echa un vistazo a su esposa. La piensa en otros mundos. La aleja de sí o se aleja él. Forma un espacio entre ella y él, y se aleja o inventa alejarse a un mundo monótono cuyo fondo de agua es negro. Nada transparente. Se retuerce y ese ruido afuera se mete poco a poco en su cabeza. “Voy a salir a buscar a esos grillos”, dice. “No se ven, duérmete” contesta, es entonces cuando percibe que ella  también está despierta y la vuela, la imagina ahora dentro, embalsamada en esta misma habitación, rodeada de sonidos cristalinos, acompasados, simples, prolongados; también es víctima de ese martirio. Entonces, en ese arranque de moléculas amorfas, de encabronado le da una patada en el culo y ella se incorpora y le dice: “qué te pasa, guey, ya duérmete, mañana hay trabajo”. Pero no puedo, debería especificar, y sobre todo especificar qué es lo que lo pone nervioso. Desde hace rato un ruidito que se prolonga, que inicia y no termina, se prolonga y se extiende, se funde en las paredes, se instala en sus neuronas desciende hasta sus nervios y se disemina en cada nervio de su cuerpo incluyendo sus dientes y las muelas todo en su cuerpo reciente el chillido insoportable, la pulsación etérea de lo infranqueable de la noche, la bastedad absoluta de los miembros nocturnos que son los grillos, parece un dolor de muela una muela del juicio martirizando causando dolor pero el de los grillos afuera es diferente es un ruido escandaloso que podría poner de nervios a cualquiera que ensaya dormir, que para eso es la noche, pero se contiene de levantarse y dar vueltas, no puede, la idea escabrosa de permanecer un segundo más atento a ese chillido le causa nausea, no, esperen, no le causa nausea, desea sacarse la muela de su cabeza, insultar a todos, entrar al baño y mirarse al espejo, tomar un objeto punzocortante y elaborar la extracción del chillido por sí mismo, de una vez arrancarse el dolor del sonido extendido en otras partes, ese influjo sensorial que todo lo determina, los alegatos paradisiacos a cualquier espectador dosificado de lenguas, extractos porciones, pero en cambio mira a su esposa en ese letargo que son las miradas de la vigilia, de párpados pesados, de sueños atorados en la fosa nasal y jamás lubrificados y al lado su esposa permanece en la afonía del cuarto respirando como un cerdo.
   “Duérmete ya” se repite a sí mismo. Afuera, a fuerza de rodar sobre este mundo, el magnetismo de los grillos equivale a un bulto de metales arrastrados por todas las calles. Y el cuarto a oscuras. Sólo unas cortinas sucias dejan entrar de vez en cuando un par de luces infiltradas como penumbras apenas sombras de lo que afuera se mueve de un lado a otro con el viento. Querría que lloviera. Querría encender la radio y unirse al ruido metálico. Quería dormir.


Después de una hora, al compás del rechinido elaborado por los grillos, aún gira de un lado a otro de la cama destapando a su esposa, o tirando del hilo que cuelga de la cortina. Los cantos tan estridentes se fundían poco a poco con las paredes. Adentro. Adentro. Poco a poco comenzaron a guindar de las paredes hasta incorporarse al latido de los muros y todo se volvió un rechinido acompasado permanente y cerril, por qué solían contar que ese canto era beneficioso para los durmientes de las noches en el que algunas almas permanecían en vela. La misma vigilia se presentaba como un semblante despavorido en el que las radiaciones de objetos claros se enredaban como tallos que engendraban un sueño. Afuera los grillos permanecían ocultos, en medio de la oscuridad en la que se mueven algunas ramas, indicio discrepante de algún visitante nocturno que se avecina al lugar. Braulio Cepeda se mira un instante, percibe un extraño hedor a rancio y suelta un pedo furtivo, tan furtivo que escapa de los kilómetros cuadrados de hedor que precede a un extraño visitante. Toc, Toc, Toc, y la pareja reacciona instantáneamente y se miran uno a otro extrañados. La noche acampa en este cuarto. A penas y pueden vislumbrarse uno a otro. Pero es claro que los dos ponen cara de intriga. “¿Tocaron la puerta?”, “eso parece, “y ¿por qué no abres?, “porque no espero a nadie, y ¿tú?, “no, tampoco, pero mejor abre, quizás es algo importante y si nos quedamos aquí de indiferentes jamás sabremos de qué se trata”, y así, vistiéndose a la fuerza, y con la modorra del sonido estridente que no se calla por un segundo, en medio de esa sinfonola desastrosa que son los grillos, Braulio Cepeda ya vestido, se pone las chanclas y se dispone a abrir la puerta. Yadira, la esposa, permanece en silencio. De pronto le vinieron a la mente algunas imágenes de pequeña, y no es que de pronto quiera ponerse a imaginar cosas mientras su marido se dispone a abrirle la puerta a un extraño visitante. Quizás, piensa, esas imágenes forman parte del catálogo de un mal sueño que recuerda su principio y su sino, sus momentos de gloria y sus momentos de hundimiento. Se acomoda el cabello y por primera vez en la noche se da cuenta de que el canto de los grillos efectivamente es un dolor de muela. “¿Quién es?” pregunta, y aunque no espera una pronta respuesta, le impresiona que no haya una respuesta inmediata; que en medio de la noche haya visitas. Por si fuera poco, tampoco escucha el sonido particular del abrir la puerta en una casa que consta de una cocina-sala de espera, un cuarto y un baño.
    Y por primera vez en esa noche el canto de los grillos se ausentó tan repentinamente que en el cuarto reinó el silencio los siguientes minutos. Mira al piso. Intenta poner atención a los grillos pero ya no están. La oscuridad del cuarto la pone nerviosa, y sobre todo provoca que se maree un poco. Se dio cuenta, entonces, que la oscuridad puede girar también, y dar vueltas al ritmo de la nada que se instala en el cuarto con un precedente intempestivo que deambula en el cuarto como un mareo, gira de un lado a otro y la oscura quietud se desplaza de un lado a otro callando los ruidos y cantos que antes habían cubierto y opacado a las sombras de la noche. “¿Qué ocurre?, se pregunta y con una voz chillona y desesperada repite: ¿Braulio? ¿Braulio, estás ahí?
   Y algo no la escucha, un sentimiento voraz que consume al ruido y lo opaca con su oscuridad defecada, da cabida a una taquicardia inexplicable. Ese sentirse tan inseguro, ese monocorde silencio tan inexplicable.

   ¿Braulio? Se levanta y pone en marcha. ¿Braulio? La puerta cerrada. En efecto, está cerrada y nunca se abrió. El seguro sigue ahí. Y de sus ojos sólo las lágrimas tapizan una nueva escena que se abre paso entre sollozos y entre esos minutos que prosiguen al silencio, a ese pasearse entre sombras que marean e incitan a la locura.