19/10/13

Páginas de exhibicionismo

Apología de acontecimientos pasados
I
Mi madre suele contar que ya desde antes de nacer me oponía a todo, y que nomás para llevar la contraria, nací una semana después de lo previsto por las profecías de los oráculos y adivinos a los que solía recurrir la gente de mil novecientos ochenta. Aunque me esperaban un treinta de junio, por algún vago motivo no quise, y/o no quería yo nacer. Pero por fin, una semana después a las veintitrés horas con quince minutos, el siete de julio de ese mismo año, me habrían de negar la residencia permanente en el vientre de mi madre, y a patadas me sacaron a este mundo insólito en el que ahora habito y del que en contra de mi voluntad formo parte, y al que me sigo oponiendo nomás por llevar la contraria.
  
II
Mi niñez transcurrió entre historias, mitos y leyendas, cuentos y caminatas en el campo; transcurrió como deben transcurrir los días del terso olor a café, a tierra mojada, a animales vespertinos y a humo de leña quemada en el fogón, en donde la abuela materna nos cocinaba sus famosos guisados con el sazón peculiar surgido de un cariño de abuela, y en donde solíamos tiznar bombones al ritmo del maullido de los gatos.
Durante los veranos cortábamos café, y disfrutábamos de una vida campirana con parloteos y comida que comíamos con las manos mojadas de la pulpa de los granos. Solíamos corretearnos en la finca. Los días me sabían a tierra y a lluvia: elementos suficientes para justificar que a temprana edad me sentí atraído por la música. Suficiente para justificar también mi primitiva personalidad: asceta y marginado ante los otros niños, que parecían entender mejor que yo cuál era su papel en la incuestionable historia de esta solemne sociedad.
III
A mis diez años, y con tremenda tos de nihilismo visceral, me mandaron de acólito a la iglesia, también en contra de mi voluntad. Fue un castigo bien merecido, y me lo merecía por andar invitando a chismosos, expiar a las vecinas. Los metiches de abolengo solían decir que era acólito, pero acólito del mismísimo diablo. Solía cambiar los salmos y recitar con epifanía y solemnidad Les Letanies du Satan para despertar la cólera de los fieles. Fue curiosidad. Sólo quería divertirme.
IV
¿Que cuáles fueron mis méritos en el alba de mi vida? Aprendí a tocar guitarra por mí mismo. Compré un método de los Beatles, esos de guitarra fácil, y dispuse aprenderme: Yellow Submarine para cantarla a mi padre para demostrarle que podría tocar guitarra sin su ayuda y la de nadie si me lo proponía. ¿Que esa actitud era digna de un arrogante narcisista? Qué importaba si a nadie le interesaba lo que pudiera lograr en la vida, ya que nunca pase de Oveja Negra, y la gente ya murmuraba que mi pelo largo era el contrato de un pacto con el diablo, y que de todos los pandilleros de barrio, que de todos los miembros de las bandas maléficas que se dedicaban a incautar y madrear gente, era yo uno de los más “gruexos”. Sí. Aprendí a tocar guitarra a los doce años y a los trece comencé a escribir mis primeras canciones, que no eran otra cosa que simples imitaciones del Ticket to ride o el Help de los Beatles; una traducción pretenciosa e improvisada. ¿Qué mi arrogancia crecía porque me creía mucho presumiendo mis letras como traducciones del Ticket to ride o el Help de los Beatles? Sólo eran ingenuos ensayos. Siempre me consideré el tipo al que todos gusta odiar, del que todos hablan y al que nadie invitaba a sus fiestas.
“Pero hay un Dios que todo lo ve”, solía recitar en el silencio de los campanarios.







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