Dos que surcan las calles a altas horas de la noche
Dos que surcan las calles a altas horas de la noche
en medio de la lluvia,
jugando a mojarse, a decirse historias.
No yo: tus dedos reconociendo mi cuerpo,
tus manos siempre mojadas
construyendo en el aire la brisa húmeda de tus labios
al encuentro de los míos.
Al lado de mi cuerpo tus cabellos
tiritan en recuentos de memorables momentos.
No inframundo ni esquelas, nada ceremonioso:
una mueca impertinente,
un aullido estridente
y su demoledor hastío a la solemnidad
rompen la oscilante seriedad
para que nuestras risas fecunden
la armonía en un ritual distraído.
Me dices que te gusta que riamos,
que qué bueno que no me tomo la vida tan en serio.
¿Te responderé que por ti me atrevo
a montar autos a la luz inminente de las calles?
No. Apenas la luz tersa de los candiles dibuja su fuga,
la lluvia empeora
y preparamos la huida
a los almohadones de un cuarto
alejado de las estridencias.
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