19/10/13

Páginas de exhibicionismo

Apología de acontecimientos pasados
I
Mi madre suele contar que ya desde antes de nacer me oponía a todo, y que nomás para llevar la contraria, nací una semana después de lo previsto por las profecías de los oráculos y adivinos a los que solía recurrir la gente de mil novecientos ochenta. Aunque me esperaban un treinta de junio, por algún vago motivo no quise, y/o no quería yo nacer. Pero por fin, una semana después a las veintitrés horas con quince minutos, el siete de julio de ese mismo año, me habrían de negar la residencia permanente en el vientre de mi madre, y a patadas me sacaron a este mundo insólito en el que ahora habito y del que en contra de mi voluntad formo parte, y al que me sigo oponiendo nomás por llevar la contraria.
  
II
Mi niñez transcurrió entre historias, mitos y leyendas, cuentos y caminatas en el campo; transcurrió como deben transcurrir los días del terso olor a café, a tierra mojada, a animales vespertinos y a humo de leña quemada en el fogón, en donde la abuela materna nos cocinaba sus famosos guisados con el sazón peculiar surgido de un cariño de abuela, y en donde solíamos tiznar bombones al ritmo del maullido de los gatos.
Durante los veranos cortábamos café, y disfrutábamos de una vida campirana con parloteos y comida que comíamos con las manos mojadas de la pulpa de los granos. Solíamos corretearnos en la finca. Los días me sabían a tierra y a lluvia: elementos suficientes para justificar que a temprana edad me sentí atraído por la música. Suficiente para justificar también mi primitiva personalidad: asceta y marginado ante los otros niños, que parecían entender mejor que yo cuál era su papel en la incuestionable historia de esta solemne sociedad.
III
A mis diez años, y con tremenda tos de nihilismo visceral, me mandaron de acólito a la iglesia, también en contra de mi voluntad. Fue un castigo bien merecido, y me lo merecía por andar invitando a chismosos, expiar a las vecinas. Los metiches de abolengo solían decir que era acólito, pero acólito del mismísimo diablo. Solía cambiar los salmos y recitar con epifanía y solemnidad Les Letanies du Satan para despertar la cólera de los fieles. Fue curiosidad. Sólo quería divertirme.
IV
¿Que cuáles fueron mis méritos en el alba de mi vida? Aprendí a tocar guitarra por mí mismo. Compré un método de los Beatles, esos de guitarra fácil, y dispuse aprenderme: Yellow Submarine para cantarla a mi padre para demostrarle que podría tocar guitarra sin su ayuda y la de nadie si me lo proponía. ¿Que esa actitud era digna de un arrogante narcisista? Qué importaba si a nadie le interesaba lo que pudiera lograr en la vida, ya que nunca pase de Oveja Negra, y la gente ya murmuraba que mi pelo largo era el contrato de un pacto con el diablo, y que de todos los pandilleros de barrio, que de todos los miembros de las bandas maléficas que se dedicaban a incautar y madrear gente, era yo uno de los más “gruexos”. Sí. Aprendí a tocar guitarra a los doce años y a los trece comencé a escribir mis primeras canciones, que no eran otra cosa que simples imitaciones del Ticket to ride o el Help de los Beatles; una traducción pretenciosa e improvisada. ¿Qué mi arrogancia crecía porque me creía mucho presumiendo mis letras como traducciones del Ticket to ride o el Help de los Beatles? Sólo eran ingenuos ensayos. Siempre me consideré el tipo al que todos gusta odiar, del que todos hablan y al que nadie invitaba a sus fiestas.
“Pero hay un Dios que todo lo ve”, solía recitar en el silencio de los campanarios.







Ciudad

Del poemario "danzas paganas"
                       ciudad
                                Marco Antonio Hernández Valdés
andamios
destrucción de la vista:
graffiteros épicos

los equinoccios
circulan en el pavimento
de niños llorando…

1

bajo el llanto de tu cielo
de tu aliento a tierra y a cereza
ordenas las cenizas de septiembre,
de noviembre en el trapecio,

tus nubes se pueblan de agua negra
aguas espaciales              subterráneas
que recorren tus caños

entre alcantarillas amamos
nos sentamos a contemplar la lluvia
enclave de las puestas
y aquí te amo
durante
las largas puestas de sol,
cloacas
de gusanos babosos embriagados
en los templos de tu plegaria
construidos con graffitis

bajo su dialéctica             entre tabacos destartalados
        años luz            hablas descompuestas

tu gente                   tu día descalzo
obedece a los semáforos
que deforman las esquinas

a cada alcantarilla
se asoman los ojos del desvelo

                          2
¿alcanzará tu crepúsculo para dilatar
el incandescente combustible,
su infringida anorexia?

columnas ancestrales y edificios devorados
por la grasa y la mugre
definen al reloj nocturno

nubes de plomo
se desplazan en la levadura
de la noche
iluminada por los fuegos
pirotécnicos

        4
¡oh Ciudad!
bajo tu manto
de aguas turbulentas
va mi funámbula mirada
cargada de siluetas
deshilvanadas
precedidas
por ángeles rotos
bañados de luces
y figuritas sonrientes
o chaquira

aquí establo de curiosidades  
reúnen al turista en el engaño
del corazón poblado de San Cristóbal

el sol viaja limpio ante su catedral
enredando su esperanza en los cables,
progresivas imágenes de desfile
tantean banquetas de piedra resbalosa

y bajo las balas de eléctrica tormenta
arrancadas al brío seboso
bajo su devastación que calcina
su licor horadado
su silencio colgando                              
                               colgante
como enredaderas
en los postes           en el aire
en su cielo roído por demonios
dementes por Cristos disfrazados
por poetas borrachos y profetas del presente
bajo tu lienzo  amada Ciudad        
andamos
amamos
besamos alacranes
nos encerramos
tras rejas a candado
nos embriagamos
—en fin,
cagamos—
querida
predilecta
ciudad de imán
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4/10/13

De Extrañas noticias de un pueblo sin memoria

De pronto la noche se torna hacia un costado de su lóbrego cinismo…
Marco Antonio Hernández Valdés
De pronto la noche se torna hacia un costado de su lóbrego cinismo, dosificado de tal manera que los espectadores sólo logran ligar un sentimiento pasajero que se esfuma en sus memorias como una marea doblegada al latido del mar. Pulsan los nervios. Avanzan las nubes. Toda una diarrea sempiterna se funde en las arterias de la noche. Un costado de la cama, el otro. De un lado o del otro, no importa, siempre uno busca la manera eficaz de invocar el sueño, pero afuera hay un escándalo; imposible entrar a esa diáfana morada en donde nuestros ojos conviven a gusto con imágenes y memorias de los que la imaginación finge empaparse. Aterrizan los pensamientos vagos. Algo dentro del corazón se detiene, avanza, su chirrido obsceno se percata de los latidos con pocos nervios. Los oídos permanecen atentos aunque para la empresa no es necesario tenerlos presentes. Un vistazo al diario de hoy. La gota que cae en el lavamanos y cuyo sonido se suma al de los grillos allá afuera. Ese sonido. Ese sonido. Acomodarse en la cabecera. Pensar en borregos. Escapar a la noche de los borregos. Nada. Simplemente nada.
   Braulio Cepeda levanta una mano. Echa un vistazo a su esposa. La piensa en otros mundos. La aleja de sí o se aleja él. Forma un espacio entre ella y él, y se aleja o inventa alejarse a un mundo monótono cuyo fondo de agua es negro. Nada transparente. Se retuerce y ese ruido afuera se mete poco a poco en su cabeza. “Voy a salir a buscar a esos grillos”, dice. “No se ven, duérmete” contesta, es entonces cuando percibe que ella  también está despierta y la vuela, la imagina ahora dentro, embalsamada en esta misma habitación, rodeada de sonidos cristalinos, acompasados, simples, prolongados; también es víctima de ese martirio. Entonces, en ese arranque de moléculas amorfas, de encabronado le da una patada en el culo y ella se incorpora y le dice: “qué te pasa, guey, ya duérmete, mañana hay trabajo”. Pero no puedo, debería especificar, y sobre todo especificar qué es lo que lo pone nervioso. Desde hace rato un ruidito que se prolonga, que inicia y no termina, se prolonga y se extiende, se funde en las paredes, se instala en sus neuronas desciende hasta sus nervios y se disemina en cada nervio de su cuerpo incluyendo sus dientes y las muelas todo en su cuerpo reciente el chillido insoportable, la pulsación etérea de lo infranqueable de la noche, la bastedad absoluta de los miembros nocturnos que son los grillos, parece un dolor de muela una muela del juicio martirizando causando dolor pero el de los grillos afuera es diferente es un ruido escandaloso que podría poner de nervios a cualquiera que ensaya dormir, que para eso es la noche, pero se contiene de levantarse y dar vueltas, no puede, la idea escabrosa de permanecer un segundo más atento a ese chillido le causa nausea, no, esperen, no le causa nausea, desea sacarse la muela de su cabeza, insultar a todos, entrar al baño y mirarse al espejo, tomar un objeto punzocortante y elaborar la extracción del chillido por sí mismo, de una vez arrancarse el dolor del sonido extendido en otras partes, ese influjo sensorial que todo lo determina, los alegatos paradisiacos a cualquier espectador dosificado de lenguas, extractos porciones, pero en cambio mira a su esposa en ese letargo que son las miradas de la vigilia, de párpados pesados, de sueños atorados en la fosa nasal y jamás lubrificados y al lado su esposa permanece en la afonía del cuarto respirando como un cerdo.
   “Duérmete ya” se repite a sí mismo. Afuera, a fuerza de rodar sobre este mundo, el magnetismo de los grillos equivale a un bulto de metales arrastrados por todas las calles. Y el cuarto a oscuras. Sólo unas cortinas sucias dejan entrar de vez en cuando un par de luces infiltradas como penumbras apenas sombras de lo que afuera se mueve de un lado a otro con el viento. Querría que lloviera. Querría encender la radio y unirse al ruido metálico. Quería dormir.


Después de una hora, al compás del rechinido elaborado por los grillos, aún gira de un lado a otro de la cama destapando a su esposa, o tirando del hilo que cuelga de la cortina. Los cantos tan estridentes se fundían poco a poco con las paredes. Adentro. Adentro. Poco a poco comenzaron a guindar de las paredes hasta incorporarse al latido de los muros y todo se volvió un rechinido acompasado permanente y cerril, por qué solían contar que ese canto era beneficioso para los durmientes de las noches en el que algunas almas permanecían en vela. La misma vigilia se presentaba como un semblante despavorido en el que las radiaciones de objetos claros se enredaban como tallos que engendraban un sueño. Afuera los grillos permanecían ocultos, en medio de la oscuridad en la que se mueven algunas ramas, indicio discrepante de algún visitante nocturno que se avecina al lugar. Braulio Cepeda se mira un instante, percibe un extraño hedor a rancio y suelta un pedo furtivo, tan furtivo que escapa de los kilómetros cuadrados de hedor que precede a un extraño visitante. Toc, Toc, Toc, y la pareja reacciona instantáneamente y se miran uno a otro extrañados. La noche acampa en este cuarto. A penas y pueden vislumbrarse uno a otro. Pero es claro que los dos ponen cara de intriga. “¿Tocaron la puerta?”, “eso parece, “y ¿por qué no abres?, “porque no espero a nadie, y ¿tú?, “no, tampoco, pero mejor abre, quizás es algo importante y si nos quedamos aquí de indiferentes jamás sabremos de qué se trata”, y así, vistiéndose a la fuerza, y con la modorra del sonido estridente que no se calla por un segundo, en medio de esa sinfonola desastrosa que son los grillos, Braulio Cepeda ya vestido, se pone las chanclas y se dispone a abrir la puerta. Yadira, la esposa, permanece en silencio. De pronto le vinieron a la mente algunas imágenes de pequeña, y no es que de pronto quiera ponerse a imaginar cosas mientras su marido se dispone a abrirle la puerta a un extraño visitante. Quizás, piensa, esas imágenes forman parte del catálogo de un mal sueño que recuerda su principio y su sino, sus momentos de gloria y sus momentos de hundimiento. Se acomoda el cabello y por primera vez en la noche se da cuenta de que el canto de los grillos efectivamente es un dolor de muela. “¿Quién es?” pregunta, y aunque no espera una pronta respuesta, le impresiona que no haya una respuesta inmediata; que en medio de la noche haya visitas. Por si fuera poco, tampoco escucha el sonido particular del abrir la puerta en una casa que consta de una cocina-sala de espera, un cuarto y un baño.
    Y por primera vez en esa noche el canto de los grillos se ausentó tan repentinamente que en el cuarto reinó el silencio los siguientes minutos. Mira al piso. Intenta poner atención a los grillos pero ya no están. La oscuridad del cuarto la pone nerviosa, y sobre todo provoca que se maree un poco. Se dio cuenta, entonces, que la oscuridad puede girar también, y dar vueltas al ritmo de la nada que se instala en el cuarto con un precedente intempestivo que deambula en el cuarto como un mareo, gira de un lado a otro y la oscura quietud se desplaza de un lado a otro callando los ruidos y cantos que antes habían cubierto y opacado a las sombras de la noche. “¿Qué ocurre?, se pregunta y con una voz chillona y desesperada repite: ¿Braulio? ¿Braulio, estás ahí?
   Y algo no la escucha, un sentimiento voraz que consume al ruido y lo opaca con su oscuridad defecada, da cabida a una taquicardia inexplicable. Ese sentirse tan inseguro, ese monocorde silencio tan inexplicable.

   ¿Braulio? Se levanta y pone en marcha. ¿Braulio? La puerta cerrada. En efecto, está cerrada y nunca se abrió. El seguro sigue ahí. Y de sus ojos sólo las lágrimas tapizan una nueva escena que se abre paso entre sollozos y entre esos minutos que prosiguen al silencio, a ese pasearse entre sombras que marean e incitan a la locura.


de viajes interplanetarios o sensoriales situados en el tiempo

Del poemario: danzas paganas en proceso de publicación

de viajes interplanetarios o sensoriales
situados en el tiempo            

                                   opción 1
debería tal vez retroceder en el tiempo
enmendar mis errores
reanudar mis luchas de guerrilla
restablecer mi orden pulverizado
escribir poemas a la noche
y fingir que esto nunca pasó

quizás así podría reconfigurar mi existencia
mi esquelética agonía infantil
mis desvariados pensamientos
y mi inseguridad a cruzar la calle

a lo que más le temo no es a los automóviles de vanguardia
ni mucho menos a la lucrativa mercadotecnia
que todo lo ve            y todo lo palpa
temo a los pichones con sed de venganza
que conjuran su inconformidad
cagando sobre los turistas de los parques

pero nada he tenido y a ningún lado voy
me encargaré de devolverle a mis brazos
su momificado maniquí
oculto en las brazas de un comal de antaño

circular perpetuo en este remolino sediento
palabras     palabras                       desobedezco al semáforo
por mera inconformidad
ya no me tomarán de rehén

ya lo soy de la historia

                        y la comparto

                        como libre pájaro del árbol elegido

digo que debería volver al pasado
reivindicar mis alegorías         mis cantos

            a veces los recuerdo templando la hoja
            a veces veo su mugrienta gangrena
                                   retroceder en el limbo
salta, horada, pide pan
se lo doy
pido refuerzos            y la agoto
me contagia           me envenena
y pudre mi lengua con su quejido purulento
pero la madreo            vean mis dientes apostillados
ella suplica
y subimos al monte
como símbolo de amor
y juntos pedimos de rodillas
            otra hoja en blanco

más me burlo, siempre me burlaré en su cara

¡todo esto es una fétida mentira!
su resaca es lo único que se mueve

no es necesario inventar viajes verneanos
el retrete es el único mágico y misterioso túnel
en el que mi mierda viaja
a una velocidad centrífuga
desdoblando hemisferios
y si la ciudad está llena de retretes
entonces la ciudad está llena
de viajes interplanetarios



                                   opción 2

tal vez debería retroceder en el tiempo
abrir portales alternos en los retretes
y obligarme a no escribir lo que trascribo

debería reclamarle al semáforo los minutos que me quedan
para configurar esta realidad,
obstinada e inventada
por los miles de ojos que la engendran,
……………………………………………………
: el molde transitorio quedó devastado
……………………………………………………
: recapitular escombros que la memoria desecha
sin motivo alguno
darle una patada en el culo
al primer mendigo que cruce ante nosotros
advertirle:
con el primer pendejo que pase me desquito
correr en busca de ayuda
aunque           
los psiquiatras
estén de huelga                       oídos cerrados

quiero confesarle mis conflictos a las plantas
secar al mundo con mis abultadas penas 
gritarle al viento:
él me da la razón
de nada sirve conjeturar mis arrebatos
si prestas atención al gato
juntos iremos devastando banquetas
¿pedir un aventón?
¿cargar mis maletas?
¿otro aventurado y encolerizado viaje?
remolinos de aserrín recoge mis pasos
había ido a tu jardín
visité todo lo que me enseñaste

la prisión sigue tomada
y si regresara a mi era
arrebataría la propaganda de los postes
hora de replantearme mi situación
ante los viajes en el tiempo




28/8/13

Surrealismo mexicano, como en las películas

Antes de leer les manifiesto mi respeto por los animales, los humanos, la vida en este mundo y en el universo y lógicamente actúo de tal forma que no dañe o atente contra la vida. Pero eso no significa que tenga que condicionar mi opinión para darle la razón a la mayoría. Tampoco quiero lavarme las manos cuando tengo el derecho de expresar una postura, y más cuando se trata de un caso surrealista, a la mexicana.
    La semana pasada, la imagen de un perro crucificado se volvió viral en la red. Todos saben de cuál se trata (este bazarero prefiere describir la imagen de manera superficial, a modo de que el lector sepa a qué se refiere. Querría ser consecuente y no desatar la ira encolerizada y ni siquiera el morbo de los que suelen visitar este Blog). Aaron Pino Martínez se volvió una víctima más del Bullying en los medios, tras haber recibo incluso amenazas, de un pueblo enardecido, que reacciona ante esta imagen, pero es incapaz de reaccionar a problemas de mayor trascendencia como el caso PEMEX o la reforma energética.
   Conforme pasaron los días, este mismo personaje cometió el error de enmendarse vía youtube ofreciendo una disculpa y una aclaración de los hechos. Para su mala fortuna, la composición de la fotografía era deprimente y de la misma no resultó ningún mensaje positivo para acreditarla como una sublime composición artística, pues se prestó más para el morbo que para su apreciación.
   Días después, el Maldad grabó un video en el que analizaba detalladamente puntos trascendentales que podrían servir como mediadores en el problema. Enfatizaba puntos que este bazarero ya se había cuestionado, y que parecen ser preponderantes para servir como apoyo a los mediadores del caso. La mayor parte de la gente se pronunció rápidamente en contra de Aron Pino con comentarios sumamente emocionales como: deberían crucificarte a ti también, eres un psicópata y mereces morir, deberían colgarte de los huevos, frases intestinales e increíbles que sólo nos dejan entrever que el verdadero psicópata y enfermo mental es aquel que profiere una amenaza dictaminada por la sed de odio. Hasta ahora no puedo creer que los medios logren ser un canal de catarsis para vomitar toda la porquería que uno lleva dentro, cuando deberían ser utilizados con ética y profesionalismo. El periodismo incluso me parece cada vez más patético. El periodista común y corriente en México, lejos de ser un ente neutral que disipa las noticias con veracidad y honestidad, ahora se encarga de aplastar y vengarse de la gente a como dé lugar. A este último género periodístico se le llama amarillista y su imaginación viaja a la velocidad de la luz, como el vocero La voz libre, que tergiversó la noticia dando por sentado los hechos.
    Se ha hablado de los derechos de los animales desde siempre, y este bazarero ha sido testigo de las atrocidades cometidas por entidades demoniacas, surgidas del menesteroso mundo de la farándula san Cristobalence. En una ocasión un español con pintas de activista que se paseaba a gusto con su perro en el andador de Guadalupe, de pronto le propinó una patada a un perro de la calle. Un argentino reaccionó al instante y le dijo: No le pegues a Solovino es un perrito callejero, a lo que el activista contestó con una cara de mamón: “mmm, pues con razón se comporta como salvaje, si no lo tienen amarrado…” y al pasar enfrente de mí le grité: al que deberían amarrar es a ti compa, tienes un genio de la chingada. Y es en serio, qué culpa tenía el perro callejero de los embates que la vida le pegaba a su verdugo que desafortunadamente no fue captado por ninguna cámara en plena acción.

El asunto Aaron Pino me hace pensar en María Candelaria. El lector que vio esta película dirigida por Emilio Fernández, sabrá que María Candelaria era una indígena. Un día un pintor quiere hacer una pintura de ella desnuda. Sólo logra pintar su rostro, y cuando quieren desnudarla para pintarla de cuerpo completo, se niega y huye, a lo que el pintor propone: “Casi tenía yo la seguridad de que iba a pasar esto. Los indígenas son así, y por eso no he logrado arrancarles sus virtudes…”, sin embargo el pintor terminó el cuadro con el cuerpo desnudo de su asistente.
    Cuando una vecina descubre el cuadro, inmediatamente corre a alebrestar a la gente de Xochimilco, que al ver la pintura se encabrita y decide echar a María Candelaria de su Chinampa. “Échenla”, gritan. Un contingente de gente ofendida y dispuesta a todo, la persigue hasta el pueblo a donde ella corre por ayuda, pero finalmente le dan muerte a pedradas. No sé si esta película sea bastante para explicar que si se comete una injusticia por otra, eso nos hace peores que el criminal.

La escena, sin embargo, me parece tan grotesca como ese capítulo de los Simpsons cuando a Homero lo estigmatizan como el gran pervertido por haber quitado del trasero de una niñera un dulce. Sólo se comprueba su inocencia por el intendente Willy que curiosamente estaba por ahí y grabó la escena. Homero limpia su honor, sin embargo la gente ahora se abalanza contra Willy. En el caso Aaron Pino no existe un Willy que haya grabado la escena para comprobar su inocencia. No obstante, sus inquisidores quieren sangre.
   Seamos congruentes, en México pasan miles de crímenes ante nuestros ojos. El Maldad menciona sobre el nombramiento de Patrimonio de la Humanidad a Las corridas de Toros en Baja California, y sin embargo los inquisidores ponen el dedo encima de Aaron Pino como si se tratase del culpable absoluto de los abusos contra los animales. Seamos sinceros, no somos capaces de autoanalizarnos y aceptar nuestras culpas, y por eso necesitamos un chivo expiatorio que cargue con todas las culpas del mundo. Qué patético. Llevamos años hablando del derecho por los animales y hasta ahora sólo se ha puesto de moda la denuncia por casos “lights” como dice el Maldad, mientras las atrocidades y casos de violencia pasan ante nuestros ojos sin que nadie les tome en cuenta. Hace unos días me pareció curioso que haya quien defiende a los pseudoperiodistas que promueven el linchamiento o el Bullying en los medios. Cuestioné a un tipo llamado Falcone: ¿por qué no utiliza los medios para denunciar la violencia de género en Chiapas? Últimamente me han llegado noticias de asesinatos, violaciones y desapariciones de mujeres, y tal parece que a este chiapaneco sólo le interesa una denuncia ligera que no ponga en riesgo su vida. Uno de sus defensores comentó que estas últimas denuncias sólo competen a las autoridades correspondientes. Qué irónico, mientras a Aaron Pino lo quiere juzgar una comunidad enardecida, los casos de discriminación y atentados contra los derechos humanos deben ser denunciados ante autoridades correspondientes.

Este caso me hace pensar en una cuestión que me gustaría que se aborde de la manera más madura. En México no existe una cultura de denuncia. Aprueban leyes pero no hay una educación para aplicar esas leyes. Tampoco existe un mediador que sea objetivo y neutral para poner el orden y explicar la manera adecuada de utilizar una ley. La ley de Herodes nos recrea exactamente esta situación. Recordarán que Vargas reinventa la constitución mexicana para extorsionar al pueblo. Prácticamente es lo que está pasando en este caso, un grupo de amigos se manifiesta en contra del maltrato animal, les aprueban leyes y piensan que la manera correcta de fomentar el respeto por la vida es convocar a un linchamiento. ¿En qué parte de esta historia la Ley funge como tal?

Mi postura ante este hecho es neutral. Y vuelvo a repetir: respeto la vida, a los animales, los seres humanos, a este planeta, las culturas. Y claro, también pido justicia. Que a Aroon Pino se le dictamine un plazo de tiempo para que investigue quién hace estos abusos. Si encierran a este chavo o lo lastiman injustamente, los crímenes contra los animales en su ciudad no van a cesar, al contrario continuarán; con la única diferencia de que ya no habrá más Aaron Pino a quien echarle la culpa.

Para concluir querría decir que los comentarios en contra de Aaron Pino son una descarga emocional muy fuerte, que sólo pude experimentar horror. “Entre la peste sólo tus manos” canta Saúl Hernández, y no me refiero a las manos de Aaron Pino, sino a mis manos y a las de mi familia. La peste: ese odio frustrado que carga cada persona.

María Candelaria
(Xochimilco)
Argumento Original de Emilio Fernández
Adaptación cinematográfica
de Mauricio Magdaleno y Emilio Fernández
http://youtu.be/P0i-yu87FkA

Video Blog del Maldad

http://www.youtube.com/watch?v=UC27X_wS7G8